Los pequeños pilares de la Tierra


catedral san vicente roda de isabena

Detalle del claustro de la catedral de San Vicente en el que se pueden observar algunas inscripciones. Roda de Isábena. Huesca

Sí, lo sé, mencionar Los Pilares de la Tierra cuando se va a hablar de catedrales y demás diocesanidades es algo manido y previsible, pero aún así asumo el riesgo porque creo que en esta ocasión puede estar justificado un poco más allá del tópico. Aunque de forma totalmente meritoria el mayor vínculo entre la obra de Ken Follett (1949) y España se encuentra en la catedral de Santa María de Vitoria (una visita tremendamente recomendable), lo cierto es que existen otros monumentos dispersos por la geografía ibérica que quizás se ajusten un tanto mejor a lo que fue la literaria ciudad de Kingsbridge. Al igual que esta imaginaria villa medieval inglesa, muchos pueblos gallegos, castellanos, leoneses, aragoneses o catalanes conocieron antaño esplendores insospechados hogaño, que pueden estar o no relacionados con el establecimiento de una catedral. En ocasiones el origen de la relevancia se hallaba indisolublemente ligado a las actividades derivadas de la construcción y establecimiento de una sede obispal, pero en muchas otras ocasiones esta era una consecuencia de un emplazamiento geográfico estratégico, de la articulación de redes comerciales o de la presencia de recursos naturales que impulsasen el crecimiento de estos lugares. Al desaparecer alguno de estos factores, la decadencia se hacía patente convirtiendo esta palabra en un concepto fundamental que encontraremos en todas nuestras visitas de hoy.

Una vez dicho esto, comenzamos nuestro pequeño viaje en el Pirineo oscense, en plena comarca de la Ribagorza,  uno de los antiguos núcleos fundacionales del viejo reino de Aragón. Nuestro primer destino es el pueblo de Roda de Isábena, la localidad más pequeña de España (tiene once habitantes) que cuenta con una catedral dentro de su patrimonio. De hecho, el ritmo de despoblamiento de Roda invita a pensar con pesimismo en la suerte que han corrido multitud de pueblos pirenaicos que han fenecido abandonados por sus habitantes. Estas aldeas se mueren bajo el tenue manto de la lluvia amarilla.

El tiempo es una lluvia paciente y amarilla que apaga poco a poco los fuegos más violentos. Pero hay hogueras que arden bajo la tierra, grietas de la memoria tan secas y profundas que ni siquiera el diluvio de la muerte bastaría tal vez para borrarlas.

Fragmento de La Lluvia Amarilla. Julio Llamazares

La diócesis de Roda de Isábena se constituyó tras la independencia de la Ribagorza en tiempos del caudillo pirenaico Ramón II, cuyo hijo Odisendo sería el primer obispo de la nueva capital ribagorzana. En el año 957 se concluyó la catedral primigenia, siendo consagrada a San Vicente. Su estética no debía diferir en demasía con otros templos pirenaicos, de arquitectura sobria, pero elegante, cuyos campanarios se elevaban como carballos pétreos en las altas cumbres de la antigua marca hispánica. Como decía, la primera catedral rodense debía de ser similar a las iglesias que hoy podemos disfrutar en el leridano Valle del Bohí, cuyo valor patrimonial ha sido distinguido con el estatus de Patrimonio de la Humanidad otorgado por la UNESCO. Sin embargo, poco o nada queda de la construcción original ya que el templo fue arrasado en el año 1006 en una racia organizada por Abd al Malik, hijo del temible emir andalusí Almanzor (938 – 1002), cuya espada fue el azote cristiano durante la agónica angustia que marcó el tránsito del Milenio. El califato de Al-Andalus había alcanzado el cenit de su poderío militar y poco podían hacer los pequeños reinos montañeses, salvo resistir y aferrarse a sus creencias.

cripta san valero roda de isábena

Interior de la cripta de San Valero, una de las tres que posee la catedral de San Vicente. Roda de Isábena. Huesca

Superada la apocalíptica crisis que siguió al año 1000, la Ribagorza, al igual que los otros principados pirenaicos, inició su recuperación lo que consecuentemente permitió la reconstrucción de la catedral la cual sería de nuevo consagrada en el 1030, sumando un nuevo patrón San Valero, cuyos restos descansarían allí desde entonces. El estilo del nuevo templo se fundamentará en una síntesis de románico lombardo y otras tendencias de origen franco introducidas por influencia de Sancho III de Pamplona, quien había incorporado el condado pirenaico al vasto reino que forjó. Según avanzaba el siglo y los avances cristianos se hacían más relevantes, Roda de Isábena fue perdiendo importancia y su catedral comenzó a declinar, primero al compartir sede episcopal con Barbastro y finalmente al quedar absorbida por la diócesis de Lérida  por decisión del conde de Barcelona, Ramón Berenguer IV (1113 – 1162). A partir de 1049, Roda comenzaría a sumirse en el letargo de los viejos, abandonándose a las cumbres y al alegre tránsito del Isébana, río que bañaba sus riberas y fluía como el mismo tiempo. Este sueño sólo fue alterado por el enérgico obispo San Ramón, quien impulsó diversas obras en la fábrica del templo, particularmente en su cripta en donde finalmente el mismo reposaría. Después de él la catedral se reconvirtió en una enorme iglesia parroquial que sería reformada y embellecida muy de siglo en siglo (sobre todo a finales del XVII y durante el XVIII), fiel reflejo de una comarca marginada de los principales flujos políticos, comerciales y económicos peninsulares.

Pese a que rápidamente quedó fuera de esas grandes corrientes, Roda aun conserva un fabuloso patrimonio cuyo mejor ejemplo es San Vicente, monumento cuyo enorme  valor artístico sirvió como reclamo para el ladrón de arte más importante del siglo XX, Erik “el Belga” (1940). En 1979, él y su banda, lograron sustraer diversas piezas siendo la más importante la mítica silla de San Ramón, singular objeto mobiliario de factura nórdica, que sería destruida con el fin de facilitar su venta en el mercado de antigüedades. Más allá de este episodio doloroso para los rodenses, la catedral continua custodiando una impresionante colección de obras artísticas que se exponen en el incomparable edificio de San Vicente. La ya mencionada cripta de San Ramón constituye el elemento más destacado de todo el conjunto al encontrarse descubierta y casi al mismo nivel que la nave central, lo que conlleva una efectista y bella sobrelevación del altar. En su interior se encuentra el sarcófago del santo (un magnífico ejemplo de escultura románica) y una serie de relieves marcados por la languidez extática característica de las figuras de este periodo. En la cripta de San Valero hallamos la otra joya de la catedral: unas extraordinarias pinturas murales del siglo XIII que recrean una completa cosmovisión marcada por el inexorable y continuo paso de los meses que podemos distinguir en los distintos motivos agrarios recreados: la siembra, la siega, la cosecha, las flores primaverales, etc. En estos trazos el mundo emerge determinado por el pausado ritmo de la naturaleza y el trabajo del campo. Una vez visitado el conjunto y antes de marchar, merece la pena echar un vistazo en el archivo y en la biblioteca catedralicia, en donde podremos encontrar una verdadera joya: la Crónica Rotense. Este manuscrito, que enlaza con la tradición cronista inaugurada con la Crónica Albeldense, es una versión de la Crónica de Alfonso III, rey de Asturias, y viene a constituir un eslabón más de la construcción intelectual e identitaria que trató de convertir al reino astur en el sucesor natural de la monarquía visigoda. Precisamente tras los pasos del monarca asturiano, hipotético autor de la Crónica, seguimos nuestra ruta por las catedrales olvidadas.

De este modo llegamos hasta Mondoñedo, en la provincia de Lugo, cerca de la costa cantábrica y etapa obligada en la primitiva ruta xacobea septentrional. Actualmente este pueblo tiene 4.603 habitantes y conserva todavía vigente su estatus como diócesis episcopal, aunque compartiendo el honor con el vecino Ferrol. Los orígenes de esta provincia eclesiástica entroncan con la antigua diócesis de Bretoña (siglo VII) que era sufragánea de la archidiócesis de Lugo. Tras la descomposición del poder visigodo y la desarticulación de la iglesia hispana, el control sobre este territorio no fue ejercido de forma efectiva ni por astures ni andalusíes. Será el rey Alfonso III el Magno (848 – 910), quien se anime a recuperar la diócesis, como un elemento más de la arquitectura religiosa e institucional que el monarca asturiano ideó como forma de legitimar su reino. El valor de Mondoñedo era particularmente grande porque se encontraba a medio camino de las primeras rutas que conectaron Asturias con el santuario de Santiago de Compostela, donde pocos años antes se había “descubierto” el sepulcro del apóstol Santiago (aunque sería mejor llamarlo Prisciliano). La ubicación de uno de los principales centros de peregrinaje de la cristiandad occidental, dentro del dominio de los reyes de Oviedo permitió a la débil monarquía asturiana establecer lazos políticos, económicos e intelectuales con la Europa transpirenaica lo que propiciaría un mayor desarrollo y posibilitaría la expansión del dominio cristiano posteriormente.

fachada de la catedral de mondoñedo cunqueiro

Catedral de la Asunción desde la perspectiva de Cunqueiro. Mondoñedo. Lugo

Aunque en un principio se designó como sede mindoniense el costero monasterio de San Martín de Mondoñedo, los frecuentes ataques vikingos que padeció el litoral cantábrico durante los siglos X y XI convencieron a las autoridades de trasladar la diócesis hacia el interior lucense. Por esta razón el inicio de la construcción de la catedral se postergó hasta 1219, dilatándose su construcción hasta las primeras décadas del siglo XIV. Aunque muchos fueron los años que las obras duraron, el estilo arquitectónico del edificio es relativamente homogéneo fundamentándose en un sobrio románico cisterciense, con elementos góticos, al que tiempo después se le harían adiciones barrocas y neoclasicistas. La catedral de Mondoñedo nos narra una historia muy similar a la que cuenta la de Santiago de Compostela, pues su fábrica se mantuvo inalterable durante siglos dado el infradesarrollo que padeció Galicia en buena parte de la Edad Moderna. Esta crisis, casi estructural, se superó eventualmente a finales del siglo XVII cuando esta región, gracias a la introducción de nuevos cultivos americanos, como el maíz o la patata, prosperó en un contexto de crisis total en el resto de la Península. Esta bonanza se reflejará, en Santiago, en la monumental fachada del Obradoiro, y más modestamente en Mondoñedo, en donde también se reformó la fachada diseñando dos nuevas torres y un nuevo frontispicio coronado por San Rosendo. De esta forma se acentuaba el efecto de pequeñez que la catedral de la Asunción, ya desde antiguo, inspiraba. La causa de ello estaba relacionada con sus proporciones regulares y la elevación de la plaza circundante con respecto al templo que ordenó el obispo Diego Soto (1545 – 1549), lo que motivaría el apelativo que aún ostenta el templo de “catedral arrodillada”.

Recorriendo el edificio podemos reposar en alguno de los bancos dispuestos bajo la nave central mientras nos entibiamos con la suave luz que penetra por el fantástico rosetón gótico del siglo XV que preside la fachada. El sueño multicolor de sus vidriares camufla cualquier sombra derramando dentro del interiorismo románico una tímida iluminación que agrada la vista. Desde ese mismo escaño, podemos girar la cabeza hacia la parte inferior de los órganos y estremecernos con una rotunda Degollación de los Inocentes para después fijar la vista sobre el crucero y contemplar las famosas pinturas sobre el Antiguo Testamento realizadas por el maestro Terán. Una vez fuera, no estaría de más visitar a Álvaro Cunqueiro (1911 – 1981) cuya broncínea mirada vigila a la “arrodillada” recitando quedamente.

Calquera día sin decatarte do que fas

dices: Pase miña señora!

e é a alma tua a quen despides como un ave

nunha mañán de primavera

ou nun serán de outono.

Fragmento de Díxenlle á RulaÁlvaro Cunqueiro

Respirando el húmedo aire gallego, retomamos nuestra ruta avanzando hacia la recia meseta castellana, sucesión majestuosa de continuas monotonías que culminan en sus antiguas extremaduras: aquellas tierras indómitas limitadas por las montañas del Sistema Central. Una a una atravesamos vetustas villas de frontera, curtidas por la pugna contra el otro musulmán: Sepúlveda, Cuellar, Atienza quedan atrás y lentamente aparece el Burgo de Osma. Este pequeño pero monumental pueblo con 5.268 habitantes, será el protagonista de la tercera etapa de nuestro viaje.

catedral burgo de osma

Catedral de la Asunción en el Burgo de Osma. Fotografía de 1961. Soria

El origen de la actual diócesis de Osma, se remonta hasta comienzos del siglo XII, cuando Pedro de Bourges (1040 – 1109) también conocido como san Pedro de Osma, logró restituir la antigua diócesis oxomense que existió en tiempos de los visigodos. Para dignificar su nueva sede este obispo auspició la construcción de una primera catedral en la margen izquierda del rio Ucero, un terreno fuera de los límites físicos de la real villa de Osma. Este núcleo, sometido a la autoridad del obispo y no a la del rey, floreció gracias al impulso y la actividad económica que generaba la catedral, por lo que rápidamente fagocitó a su matriz hasta tal punto que en 1170, por privilegio del rey Alfonso VIII (1155 – 1214), el Burgo de Osma se convirtió en una villa independiente de la vieja Osma. Por lo tanto, no es en absoluto descabellado decir que este pequeño pueblo soriano no existiría de no ser por la existencia de su catedral. Veámosla entonces.

El actual edificio, con la Asunción de la Virgen como advocación, remonta sus orígenes hasta 1232, año en el que se decidió derruir el templo románico original y construir otro siguiendo el nuevo estilo gótico que la cercana Burgos estaba ensayando con maestría. Aunque su factura es transicional, a excepción del claustro y la torre-campanario (un añadido churrigueresco) los nuevos modos se dejaron sentir en sus bellos arcos ojivales y en las esbeltas columnas que sostienen las naves. No obstante y pese a ser un ejemplo meritorio de arquitectura gótica, lo mejor del edificio burguense son los restos que se conservan del templo románico: los capiteles de la sala capitular. En esta pequeña concesión a los orígenes, salvada por suertes indeterminadas, se reúne una pequeña pero maravillosa muestra del bestiario silense (no hay que olvidar la cercanía del monasterio de Santo Domingo): arpías, basiliscos, sirenas, monstruos de todo tipo que hablan de un mundo de arcanos lejanos. La inspiración del maestro cantero era tan elevada como su habilidad y como ejemplo valga aludir a una curiosa escena en la que una oveja amamanta a un dragón. Solamente por observar estos capiteles tomados del antiguo claustro románico, el viaje puede darse por amortizado. Sin embargo el verdadero tesoro de la catedral no es de piedra o de plata si no más bien de pergamino ajado. La biblioteca capitular burguense guarda uno de los mayores tesoros bibliográficos de España, el Beato del Burgo de Osma, una maravilla que Erik “el Belga” (de nuevo él entra en liza) quiso robar hace unas décadas. Este manuscrito parece que fue escrito, posiblemente en Sahagún (León), por un clérigo llamado Pedro e iluminado por otro de nombre Martino, durante el año 1086, por lo que es uno de los más antiguos beatos conservados. Aunque se desconoce como llegó al Burgo, lo cierto es que desde el siglo XIV existe constancia documental de su presencia en la catedral. Resulta fascinante abandonarse en la contemplación de las bellas miniaturas que plasman un apocalipsis rebosante de colores planos y figuras “naturalistas”, un aspecto que marca una distinción clave con otros ejemplos más primitivos. En este manuscrito la transición desde la iluminación mozárabe a la románica se encuentra en su estadio final, por esta razón su importancia es capital a la hora de interpretar la evolución estilística experimentada por estas obras maestras de la erudición y el arte medieval.

Beato de Osma

Folio manuscrito del Beato de Burgo de Osma. Biblioteca capitual de la catedral de la Asunción del Burgo de Osma. Soria

Con la mente infestada de las inverosímiles criaturas que pueblan el quebradizo pergamino escapamos del bosque de piedra. Retomamos el camino para recorrer la última etapa del viaje  mientras observamos cómo empequeñece la noble silueta del Burgo y resuenan las palabras del escritor burguense Dionisio Ridruejo (1912 – 1975).

Es un exceso de pasado: el castillo que no sirve y se arruina; la iglesia enorme que podría albergar cinco veces la población del lugar; las murallas vencidas; los palacios inútiles; los acueductos rotos; los solares desbaratados de las industrias arcaicas. La enorme cantidad de ruinas sin acabar de disolverse, de vida abandonada y sin reponer. Ante todo eso lucharán en nosotros constantemente la pesadumbre del ciudadano y la maravilla del esteta.

Fragmento deCastilla y sus límites” en Guía de Castilla la Vieja. Dionisio Ridruejo

El viaje es breve, y con el Burgo todavía en la retina aparece Sigüenza, otra antigua villa fronteriza, cuya catedral, efectivamente, conserva los trazos de esa naturaleza híbrida, a mitad de camino entre el templo y la fortaleza, que definió el Medievo castellano. Situada en la serranía guadalajareña, entre el Sistema Central y el Ibérico, Sigüenza es un pueblo monumental en el que hoy en día viven 4.960 personas, aunque bien es cierto que en verano su número se multiplica y en invierno se divide. Caminemos por sus recoletas calles y acabaremos llegando hasta la catedral de Santa María, edificio mastodóntico que preside, orgulloso, todo el skylane seguntino.

Desde los soportales de la elegante plaza mayor los merlones de las torres desgarran el cielo y dentellean esperando a los ausentes enemigos que debían asediar la fortaleza catedralicia. El templo tiene sus orígenes, otra vez, en la restitución de una antigua diócesis visigoda, en esta ocasión el obispo restaurador será el cluniacense francés, Bernardo de Agén (1080 – 1152), quien recibió el encargo en 1121, cuando la antigua Segontia todavía se hallaba bajo control almorávide. Será el mismo obispo quien, por encargo del arzobispo de Toledo, Bernardo de Sedirac (¿? – 1128), conquiste la ciudad a los musulmanes en el año 1124, ganando con hierro y sangre su diócesis. Durante décadas, la ciudad padeció todos los males de una frontera porosa e indeterminada; los ataques andalusíes eran frecuentes, y tenaz el empeño del obispo por conservar su sede, lo que finalmente le acarrearía la muerte en 1152 al caer en una refriega contra las tropas musulmanas. No es de extrañar, pues, la estética belicosa que el templo asumiría décadas después.

Aunque no existe un consenso claro al respecto, parece que pocos años antes de fallecer, el obispo guerrero dispuso iniciar las obras de la nueva catedral, un empeño que durante décadas seguirían sus sucesores cluniacenses lo que explica que la original traza románica del templo adoptara algunos principios constructivos característicos de esta orden. Las obras se prolongarían hasta el siglo XIV, por lo que de nuevo nos encontramos ante un edificio de estilo mixto con elementos románicos, transicionales y también góticos. Esto en cuanto a su filiación arquitectónica porque, al penetrar en el interior y deambular por el templo observamos preciosas capillas de estilo renacentista (cómo la de la Anunciación y especialmente la de Santa Librada) o plateresco cómo el soberbio mausoleo de don Fadrique de Portugal, diseñado por el afamado Alonso de Covarrubias. Este mismo artista sería el encargado de trazar los planos originales de la sacristía Mayor o de las Cabezas, que recibe este sobrenombre porque su bóveda es una constelación conformada por más de 300 cabezas que representan a toda la sociedad de la época, desde reyes fastuosos a míseros campesinos. Esta enumeración de hitos artísticos no estaría completa sin mencionar a Pedro González de Mendoza (de quien ya hablamos hace un tiempo), quien como obispo de Sigüenza fue el promotor de diversas obras en el templo,de entre las cuales hay que destacar un magnífico coro de nogal tallado y el extraordinario púlpito de mármol esculpido por Rodrigo Alemán en 1495.

estatua del doncel de la catedral de sigüenza

Detalle de la estatua fúnebre de don Martín Vázquez, el doncel de Sigüenza. Catedral de Sigüenza. Gudalajara.

Aunque todo este este elenco de valiosas obras maestras resulta abrumador, su conjunto no ha tenido la misma fortuna que la pieza más conocida del patrimonio seguntino: la maravillosa estatua yacente del doncel de Sigüenza, símbolo del pueblo y posiblemente la escultura gótica más conocida de España. El doncel, representa a don Martín Vázquez de Arce (1461 – 1486) y su efigie sirve como remate del sepulcro. Lo verdaderamente fascinante de esta obra es su naturalidad, tanto en el gesto como en su disposición inspirando, más que un espacio de muerte, un homenaje a la vida y sus placeres. Don Martín aparece con el gesto sereno, concentrado en una lectura agradable (la presencia de un libro no es baladí pues hasta entonces la representación libraría estaba ligada a religiosos), provisto de su armadura, pero adoptando una pose distendida gracias a un simpático cruce de piernas. En el pecho, pintada sobre el alabastro, destaca una cruz de Santiago, un honor que el caballero llevó muy a gala. El sepulcro reposa sobre tres leones de mármol, y sobre el mismo se inscribe el epitafio de don Martín:

Aquí yaze Martín Vasques de Arce – cauallero de la Orden de Sanctiago – que mataron los moros socorriendo – el muy ilustre señor duque del Infantadgo su señor – a cierta gente de Jahén a la Acequia – Gorda en la vega de Granada – cobró en la hora su cuerpo Fernando de Arce su padre – y sepultólo en esta su capilla – ano MCCCCLXXXVI. Este ano se tomaron la ciudad de Lora. – Las villas de Illora, Moclin y Monte frío – por cercos en que padre e hijo se hallaron.

Martin Vázquez padeció la suerte de la frontera que definió la extremadura castellana en los tiempos en los que Burgo de Osma o Sigüenza fueron repoblados. Sin embargo, en la época de este caballero de Santiago, la frontera se había desplazado centenares de kilómetros hasta situarse en las montañas de la Bética, donde sobrevivía el último reino de Alá en Iberia.

En esta tierra áspera y montaraz termina nuestro viaje. Como hemos visto en estos cuatro lugares, nada es eterno y todo, hasta los pilares más profundos acaba revelando su esencia temporal. Si bien en un momento dado Roda, Mondoñedo, el Burgo o Sigüenza tuvieron la suficiente relevancia como para convertirse en sedes diocesanas, los azares del tiempo y de los hombres modificaron sus destinos imponiendo una realidad más modesta. Como estos cuatro lugares hay más en España: Albarracín, Solsona, Monzón, Coria o Baeza son algunos y todos ellos están presididos por un templo catedralicio, fiel testimonio de esplendores olvidados. Las rosas de piedra, como las definió el escritor Julio Llamazares (1955), han trascendido más allá de su primigenia función devocional, al convertirse en lugares de Historia, en resúmenes vivos que recuerdan el largo proceso del que somos resiliencias, tanto con sus éxitos como con sus miserias. Estos edificios singulares son el legado de comunidades más o menos imaginadas, pero que dejaron su huella esculpida en una piedra que aspiraba a la eternidad y de la que hoy somos custodios. Es nuestro deber conservarla y legarla lo mejor posible a las siguientes generaciones, por ello resulta fundamental generar en la sociedad una consciencia patrimonial que permita salvaguardar esta herencia material que por desgracia, en muchos rincones está desapareciendo delante de nuestros propios ojos. No quisiera acabar este post sin recordar que aunque la historia de estos monumentos esté poblada de grandes nombres y épicas legendarias, su verdadera esencia se encuentra en los lugares y épocas donde se erigieron. Su fuerza y su relevancia se debe de buscar no solamente en aquellos que han pervivido en los anales si no en aquellos protagonistas anónimos de los cuales nada se sabe pero cuya vida estuvo íntimamente ligada a estos templos.

¿Quién construyó Tebas,
la de las Siete Puertas?
En los libros figuran
sólo los nombres de reyes.
¿Acaso arrastraron ellos
bloques de piedra?

Fragmento de  Preguntas de un obrero que lee. Bertolt Brecht

Ha sido un viaje un poco largo así que ahora toca siesta

Si te interesa:

  1. Las rosas de piedra. Julio Llamazares. Alfaguara. 2008.
  2. Los pilares de la Tierra. Ken Follett. Plaza y Janes Editores. 2000.
  3. La luz y el misterio de las catedrales. José María Pérez Peridis. Espasa. 2012.
  4. El misterio de las catedrales. Fulcanelli. DeBolsillo. 2003. (recomendación magufa del día)
  5. Las catedrales de Castilla y León. VV.AA. Edilesa. 1992.
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