Fascinantemente falso


Van Meegeren Cristo y la Adultera

Dos personas contemplan el Vermeer de Göering. Cristo y la Adúltera. Van Meegeren al estilo de Vermeer.

Hermann Göering (1893 – 1946) estaba muy satisfecho con su última adquisición: un exquisito Vermeer mediante el cual el banquero Alois Miedl lo había agasajado sabedor de su pasión por la pintura. El jerarca nazi observaba la cuidadosa pincelada del maestro de Delft, cada trazo era desnudado por su viciosa mirada, primero, recreándose en cualquier detalle de ese Cristo, después, descomponiendo voluptuosamente los colores de la Adúltera. Una hebra del pincel prendió su atención; inmediatamente tomó una lupa y la observó con meticulosidad y en ese momento se sintió cómo un soberano eterno porque a través de ese pequeño detalle había entrado en comunión con un héroe de la civilización occidental. Él, todopoderoso en el Tercer Reich, a la vez se sintió miserablemente pequeño ante la talla del gran Johannes Vermeer (1632 – 1675), sin embargo, pese a su insignificancia, Göering se sentía realizado ya que aunque sabía que no tenía aptitudes para el arte, él era en si mismo el gran poseedor, el vigoroso guardián de las esencias y ello lo convertía en el rey de los artistas. Al menos esta pieza era un obsequio y no había tenido que mancharse las manos robando a los antiguos dueños (en su mayoría judíos) de su ya legendaria colección.

Al mismo tiempo en Ámsterdam, Han van Meegeren  (1889 – 1960) charla amigablemente con su amigo, el marchante Jean Gavelle, y con otros dos invitados Theo van Wijngaarden y Leo Nardus. La conversación es muy animada y las risas son frecuentes, se habla de las esposas de Meegeren, de los líos de Nardus en Estados Unidos y de la amistad de Gavelle con la hermana del nazi Miedl. La conversación desde estas veleidades mundanas gravita súbitamente hacia el arte y la emoción que en todos los presentes suscita, especialmente en Meegeren gran admirador de la pintura barroca holandesa. Nombres como el de Pieter de Hooch, Frans Hals, Gerard ter Boch, Rembrandt y, particularmente, el de Veermer se pronuncian con una especial reverencia, de hecho Nardus añade con socarronería el mismo nombre de Van Meegaren a esta lista de ilustres. Su amigo sonríe y asiente satisfecho, añadiéndose con gusto a esta pléyade de maestros. Abrumado por los recuerdos, Wijngaarden tras servirse una buena copa de  un extraordinario borgoña de la añada de 1934 narra a Gavelle como conoció a sus otros dos amigos. No se acordaba bien de la fecha, pero debió de ser a comienzos de la década de 1920, quizás en 1921 o 1922, cuando tuvo conocimiento de Leo Nardus, un recién llegado a Europa en busca de una buena oportunidad tras haber padecido mil complicaciones en Estados Unidos a propósito de algunas falsificaciones artísticas que vendió a prósperos magnates que buscaban un renombre como mecenas. Unos años después coincidió con Van Meegeren, quien era un conocido retratista que trabajaba siguiendo el viejo estilo holandés. Además de un encomiable bebedor y pescador aficionado, su nuevo amigo era un extraordinario conocedor de la historia del arte, amén de un enérgico opositor a la cultura de los ismos que había explosionado tras el último tiro de la Gran Guerra. Él prefería el calmado éxtasis eterno de los antiguos maestros neerlandeses. Él anhelaba transcender como el pintor que Vermeer retrató en su Alegoría de la Pintura. En ese pincel se encontraba el verdadero significado de la divinidad.

Sin embargo el mundo navegaba hacia otras latitudes. Los retratos de Van Meegeren, aunque apreciados por la burguesía conservadora, no eran excesivamente halagados por la crítica artística. Sus cuadros eran merecedores de mordaces comentarios que giraban en torno a la cuestión de la originalidad y la falta de aptitudes del pintor para ir más allá de las fronteras trazadas por sus maestros. Súbitamente Van Meegeren cogió del brazo a Gavelle y le dijo su opinión sobre los expertos del mundo del arte, la cual no la reproducimos aquí por no herir susceptibilidades. De todas formas no era muy positiva. Van Meegeren continuó contándole al marchante, parte de una historia que ya conocía. Le habló de sus años en Bruselas y en Londres, de su matrimonio con Therese Byrd y de la fantástica colección de pintura holandesa que su familia política atesoraba en su casa en Oxfordshire. Tras enviudar, regresó a Holanda y comenzó a estudiar enciclopédicamente la obra de Vermeer, pues quería conocerlo todo sobre él: su técnica pictórica, sus pigmentos, sus pinceles, su ciudad, sus viajes… todo. Él quería ser Vermeer, y lo podía ser ya que aunque su estilo fuese criticado, sabía que su técnica era tan buena como la del viejo pintor de Delft. Nardus intervino contando como asesoró a Meegeren para que este desarrollara la mejor técnica posible para resucitar a su querido ídolo artístico. Le ayudo a conseguir lienzos del siglo XVII, le puso en contacto con químicos que le aconsejaron en el uso de materiales y pigmentos, le proporcionó unos excelentes pinceles de piel de tejón y le recomendó trasladarse a un inspirador pueblo del Algarve.

Van Meegeren y su falsificación los discipulos de emaus vermeer

Los discipulos en Emaus. Van Meegeren al estilo de Vermeer. Museo Boymans. Rotterdam.

¡Seis años estuve allí! dijo Van Meegeren y lo cierto es que lo resucité añadió con rotundidad. Sus cuadros eran las obras que a Vermeer no le había dado tiempo a realizar, pinturas que eran producto de su gran conocimiento del arte italiano, lienzos que eran, en definitiva, creaciones de su querido ídolo y que él mismo se vanagloriaba de haber rescatado de las cenizas del tiempo. Van Meegeren prosiguió relatando como cedió la mejor de ellas, Los discipulos en Emaus, a un amigo suyo que era abogado, Christoph Boon, quien se la debía mostrar al mayor experto en pintura barroca holandesa Abraham Bredius, quien finalmente sentó cátedra certificando la obra como un original. Tras conocerse el veredicto positivo del aclamado experto la obra fue adquirida por la Sociedad Rembrandt de Rotterdam, institución que pagó una pequeña fortuna por ella y que sirvió para que el pintor Van Meegeren se retirase a Niza donde siguió creando las obras que Veermer por alguna razón no pudo materializar, como ese magnífico Vidriero, “un milagro de luz y color” según un conocido crítico de la época. Una de estas piezas, como el señor Gavelle sabía, era el magnífico Cristo con la Adultera que había comprado a Van Meegeren y que finalmente había parado en la colección del Reichmarshall Göering. Los cuatro caballeros brindaron a la salud de Veermer y apuraron sus copas.

Tras el final de la guerra y el suicidio de Göering en su celda de Núremberg la prensa holandesa reprodujo el siguiente titular: El conocido pintor y marchante Han van Meegeren ha sido acusado de colaboracionismo y complicidad con el enemigo. Días después los periódicos publicaron amplios reportajes sobre el juicio y detalles extraordinarios de su vida y obra salieron a la luz. La principal estrategia de defensa que Van Meegeren adoptó se basó en demostrar que las obras, que el mismo o  sus  intermediarios, habían vendido a las autoridades alemanas no eran más que falsificaciones producidas en su taller. Para demostrarlo el acusado se propuso falsificar, desde el calabozo, una pintura de Vermeer, Jesús entre los doctores. Varios meses después del inicio del juicio, los jueces constataron la portentosa habilidad del acusado al ponerse en evidencia que algunas de las piezas más reputadas de Veermer resultaron ser falsas, lo que provocó una colosal polémica en el mundo de la crítica artística. Aunque Van Meegeren fue exculpado de la acusación de colaboracionismo y complicidad, tuvo que rendir cuentas a distintos afectados que adquirieron algunas obras que el artista les vendió como originales. La última noticia que tuve con respecto a este caso se titulaba así El conocido falsificador y experto en pintura holandesa barroca, Han von Meegeren, ha sido designado subdirector del Rijksmuseum, es decir, nuestro amigo había ascendido hacia la institución cultural más importante de los Países Bajos. Era 1957 y muchas cosas se habían olvidado ya.

juicio a van meegeren con sus pinturas falsificadas

Juicio a Han van Meegeren. En la fotografía se pueden observar algunas de las obras cuya autoría reclamaba el acusado. Él artista se encuentra sentado en el primer escaño de la izquierda. Ámsterdam. 1947.

Hasta 1961, Elmyr de Hory (1906 – 1976), quizás el alias más querido del húngaro Hoffman Elemér, llevaba una vida relajada, cómoda, extravagante y más o menos respetable en la paradisiaca isla de Ibiza (pre-Pacha). Él era uno de los mayores intermediarios del mundo del arte, había trabajado con los museos más prestigiosos de Europa y Estados Unidos, así como con alguno de los más importantes coleccionistas privados del mundo. Era muy conocido en el “mundillo” porque era capaz de lograr localizar singulares piezas de artistas tremendamente cotizados como Amadeo Modigliani (autor poco prolífico pero del que De Hory había hallado varias obras), Henri Matisse, Vincent van Gogh y Pablo Picasso, entre muchos otros. Aunque no disponía de una gran fortuna, si se podía constatar que vivía de acuerdo a los patrones estéticos y las costumbres de la sociedad más selecta, la cual en muchas ocasiones solía reunirse en las fiestas que organizaba en su casa ibicenca.

Sin embargo, Elmyr de Hory era dado a la exageración y aunque se decía descendiente de una familia aristócrata húngara (según él su padre fue embajador del emperador Francisco José I) la mayoría de sus amistades tenían por seguro que sus orígenes eran más humildes. Lo que si era cierto es que desde muy joven mostró una gran afinidad por la pintura y se interesó mucho por desarrollar sus notables habilidades artísticas. Por esta razón viajó desde su Budapest natal hasta Múnich y de allí hacia la capital del mundo: París, en donde conoció a un referente del cubismo Fernand Léger, quien se convertiría en su profesor. Tras este viaje de formación, el nuevo Elmyr regresó a Hungría, aunque en el sombrío régimen del almirante Miklos Horthy no sería muy bien recibido ya que poco después de su llegada fue acusado de espionaje lo que acabaría conduciéndole hacia la cárcel. Poco antes del estallido de la II Guerra Mundial fue liberado, pero escasos meses después sería de nuevo detenido, esta vez por iniciativa alemana, acusado de ser judío y homosexual. En esta ocasión su destino sería un campo de concentración. Una experiencia animal, inhumana y desoladora de la que lograría salir con vida, aunque miserable.

Tras escapar del infierno nazi, Elmyr decide huir a París y dedicarse con lo poco que tenía a su gran amor: la pintura. Aunque no comía prácticamente nada porque nada podía pagar, pintaba profusamente de tal forma que su exiguo estudio del Barrio Latino pronto se llenó de obras que, polvorientas, permanecían si vender hasta que un día una acaudalada conocida suya Lady Violet Campbell se interesó por una pieza. Elmyr ¿Por cuánto me vendes este dibujo de Picasso? Querida, por ser tú cuatrocientos francos. Dicho y hecho, diez minutos, un poco de carboncillo y grandes dosis de pobreza alumbraron al gran falsificador de obras de arte del siglo XX.

fotografía del falsificador Elmyr de Hory

Elmyr de Hory falsificando algo

A partir de este momento una leve pero continua inflación picassiana comenzó a extenderse desde el epicentro que constituía el paupérrimo estudio de Elmyr. Paralelamente, el mismo comenzó a reunir una pequeña pero extraordinaria colección privada en la que nombres como Renoir, Vlaminck, Degas, Bonnard, Picasso y, como no, su admirado Modigliani, eran habituales, lo que causaba el asombro y la envidia de los grandes coleccionistas que suspiraban por las obras que colgaban en sus paredes. De esta forma la fama de este excéntrico húngaro, de exquisito gusto y secretos contactos, comenzó a agigantarse entre los grandes amantes de la pintura quienes le ofrecían enormes sumas por las piezas de su colección privada. Además, lo mejor de todo esto era que las obras que Elmyr ofrecía gozaban de un gran prestigio ya que los mejores expertos y peritos artísticos certificaban su autenticidad a la par que se maravillaban de su excelente factura, definiéndolas frecuentemente como obras maestras. Tras vender un Matisse, hecho en media mañana de asueto e inspiración mohína, Elmyr de Hory con una copa de Mouton-Rothschild de 1929 decidió cruzar el Atlántico y mudarse a los Estados Unidos, la gran meca del coleccionismo contemporáneo. En la inauguración de su flamante ático neoyorkino,  Hoffmann invitó a algunos de los miembros más relumbrantes de la jet estadounidense: Zsa Zsa Gabor, Anita Loos, Lana Turner y Renè d’Harnoncourt, quien hacia 1947 (el mismo año del juicio de Van Meegeren) era el director del Museo de Arte Moderno de Nueva York. Asombrados por la calidad de las piezas que atesoraba, sus amigos ayudaron al talentoso Elmyr a hacer contactos entre la élite cultural del país y entre los ardientes mecenas deseosos de lograr una obra maestra para sus magnificas colecciones. Él les proporcionaba lo que deseaban y aunque en muchas ocasiones la veracidad de las piezas que el húngaro ofrecía era puestas en duda, la mayoría de análisis demostraban su autenticidad, a excepción de un par de casos que no afectaron a la reputación de Elmyr el magnífico (aunque si llamaron la atención del FBI, lo que acabaría impulsándole a hacer un pequeño viaje de varios meses a México).

A la par que las obras de Elmyr comenzaban a poblar promiscuamente las paredes de los museos más excelsos, a la vez que ilustraban extraordinarios catálogos críticos y se convertían en habituales de las mejores galerías estadounideses de arte; los nombres que el húngaro empleaba se multiplicaron para alejar posibles sospechas y también (aunque más anecdótico) para esquivar a las autoridades de inmigración norteamericanas pues su permiso de residencia originalmente era de tres meses y su estancia se había prolongado durante más de diez años. Louis Cassou, Joseph Dory, Elmyr Herzog o Elmyr Hoffman fueron algunas de las identidades que nuestro protagonista adoptó en su periplo por los Estados Unidos mientras que sus cuadros eran firmados por Picasso, Renoir, Derain o Braque. De este modo Elmyr comenzó a viajar por todo el mundo, hasta que a comienzos de la década de los 60’s decide establecerse en Ibiza, con la esperanza de encontrar el sosiego y la inspiración que le alejasen de unas tendencias suicidas que había experimentado en EE.UU.

modigliani falso pintado por elmyr de hory

Retrato de mujer al estilo de Amadeo Modigliani. Este cuadro corresponde a la última etapa de Elmyr en la cual reconoce la autoría de los mismos. Su firma se puede contemplar en la parte superior derecha de esta imagen. Elmyr de Hory

Como decíamos al principio de esta pequeña historia, 1961 supuso un punto de inflexión para De Hory al conocer a Clifford Irving (1930), un talentoso pero ignoto escritor que estaba comenzado a trabajar en un proyecto impactante: una biografía autorizada del estrafalario magnate (y aviador, director de cine, ingeniero, inversionista, etc.) Howard Hughes, quien desde hacía varios años vivía aislado del mundo. Paralelamente a esto, Elmyr, a través de dos socios, logró vender al multimillonario Algur H. Meadows quince cuadros (falsos) valorados en cientos de millones de dólares, pero tiempo después estas obras comenzaron a generar suspicacias. Cuando comenzó a extenderse el rumor de la fabulosa colección de apócrifos que poseía Meadows, Elmyr decidió abandonar su carrera como falsificador profesional y para redimirse propuso a Irving que escribiera su biografía. La falsificación había terminado, y como gran traca final el franquista Tribunal de Vagos y Maleantes condenó a de Hory a unos meses de prisión por ser homosexual y no disponer de medios acreditados de subsistencia. En 1969 se publicó Fake, la biografía preparada por Irving, pero meses después se descubrió un nuevo escándalo: el escritor norteamericano había sido denunciado por inventar su publicitada biografía autorizada de Howard Hughes. Por lo tanto Irving, autor de una obra falsa sobre un personaje casi de leyenda, sirve como biógrafo del mayor falsificador del siglo XX y para rizar más el rizo, el gran embaucador de la historia del cine Orson Welles  (1915 – 1985) atraído por la historia (y los personajes, tan similares a él mismo) la plasmará en celuloide creando una verdadera obra maestra de la apariencia y el engaño F for Fake.

Antes de que Elmyr falleciese de un ataque cardiaco en 1976, conoció a un interesante dibujante inglés, de técnica extraordinaria Eric Hebborn (1934 – 1996), quien, como tantos artistas del momento había acudido a Ibiza en búsqueda de un lenguaje propio. Lo que allí encontró fue la convicción de que su verdadero talento consistía en dibujar a la manera de los antiguos, de tal forma que sus obras y las de Jan Brueghel o las de Gianbattista Piranesi resultaban indistinguibles.

Su talento y una inesperada buena fortuna permitieron que algunos de sus dibujos al estilo de Mantegna, Rubens o Corot, atrajesen la atención del crítico de arte John P. Hennessy, quien daría carta de naturaleza a estas obras al certificar su autenticidad, lo que garantizó a nuestro amigo una serie de sustanciosas ventas. Rápidamente Hebborn, a través de amigos e intermediarios comenzó a ofrecer sus “hallazgos” a museos, coleccionistas y casas de subastas como Christie’s, las cuales avalaban repetidamente el trabajo del falsificador como una continuada serie de obras maestras de los siglos XV, XVI, XVII y XVIII. De esta forma, miles de dibujos, grabados y oleos falsos colgaron orgullosos junto a las obras originales de los maestros que Hebborn trataba de imitar. Sin embargo a finales de los 70’s Konrad Oberhuber, un agudo conservador de la National Gallery of Art de Washington, se percató que dos dibujos de Savelli Sperandio y de Francesco della Cosa adquiridos en un confiable anticuario de Londres, habían sido realizados en el mismo tipo de papel, cosa que resultaba harto improbable por lo que lo más factible era que fuesen falsos. Todos los ojos comenzaron a posarse en el barbudo rostro de Hebborn pero la denuncia no llegaba. Tardaron varios meses en formalizarse las acusaciones y la mejor defensa que el británico ideó fue el desafío directo contra el establishment cultural.

Dibujo de Rembrandt según Hebborn

Joven durmiendo. Estudios preparatorios al estilo de Rembrandt. Eric Hebborn

A finales de 1984 el mismo Eric Hebborn desveló sus falsificaciones, presentándolas como una cruzada destinada a remover los cimientos de la crítica de arte y del mismo concepto que se tenía de la obra artística. En su autobiografía, Drawn to Trouble (1991), el dibujante británico se jactaba de la facilidad con la que pudo engañar a expertos y marchantes, a quienes consideraba personas ávidas y superficiales, deseosas de incrementar su margen de beneficios al adquirir conscientemente piezas de cuya autenticidad no tenían una certeza absoluta.

En 1996 Hebborn está durmiendo en la desvencijada cama de una suburbial habitación romana. La barba está desaliñada y el aliento exhala el alcohol rancio y frenético de la noche anterior. Junto a la mesita de noche hay un cuaderno de anillas con varios bocetos hechos a carboncillo, el estilo se asemeja mucho con el de William Turner. Por la ventana se filtra una suave corriente que rebaja la tórrida temperatura de la madrugada de la Ciudad Eterna. Las cortinas mugrientas se reflejan como fantasmas delante de un espejo lleno de lunares, grandes y pequeños. La luna claudica mientras el cráneo de Hebborn es aplastado por un objeto pesado. La sangre comienza a manar entre las sucias sábanas, una breve consciencia aflora para fenecer súbitamente y unos pasos se alejan temerosos haciendo crujir algunas baldosas sueltas. Horas después la noticia ha saltado y la casta cultural respira tranquila, el autor del Manual del falsificador ha desaparecido.

La falsificación es en si misma un arte, de hecho me atrevería a decir que es el arte supremo porque se funda en la apariencia, el principio consustancial que determinó el arte durante siglos. No en vano Aristóteles (384 – 322 a.C.) definía el arte como un supremo proceso de mimesis cuyo objeto final era imitar la naturaleza. Si sustituimos el término Naturaleza, por el de Maestro, obtenemos un nuevo planteamiento ajustado plenamente a lo que estas tres historias nos han mostrado. Aunque Van Meegeren, De Hory y Hebborn sean personajes próximos en el tiempo lo teóricamente falso es tan viejo como la civilización. Recordando un ejemplo ilustre, algunas estatuas grecorromanas de las colecciones vaticanas, particularmente un gracioso Eros durmiente, eran piezas esculpidas, envejecidas y enterradas por un paupérrimo Miguel Ángel Buonarroti (1475 – 1564) deseoso de solucionar sus problemas económicos gracias al afán coleccionista de algunos papas renacentistas. Como nos cuenta Orson Welles en F for Fake

…en realidad este no es de ninguna forma el siglo de los fraudes. Nosotros, los tramposos, siempre hemos estado con ustedes. Lo nuevo son los expertos. Los expertos son los nuevos oráculos. Nos hablan con la autoridad absoluta de la máquina. Pretenden conocer algo que sólo conocen muy superficialmente y nos inclinamos frente a ellos. Ellos son el regalo de Dios para los falsificadores.

Este trío de falsificadores es realmente atractivo (aunque no son los únicos “grandes”, también merece la pena citar a Tony Tetro, Otto Wacker, Tom Keating o Ely Sakhai) porque no se limitaron a copiar obras ya existentes, si no que fueron capaces de comprender a sus modelos plenamente, de tal forma que eran capaces de reproducir su técnica de forma impecable, convirtiéndose de esta forma en artistas autónomos capaces de crear ex nihilo. He aquí el verdadero valor que tienen sus obras, aún cuando se descubriera que su atribución era errónea. Lo mismo puede suceder con el trabajo que antaño se realizaba en los talleres de los grandes pintores. Rafael, Ribera, el Greco, Rubens y un eterno etcétera no son los autores totales de una parte sustancial del legado que se les atribuye, pero ¿es por ello éste menos valioso? La diferencia, valorada en millones de euros o de dólares, puede estar marcada por un simple trazo apenas legible que algún experto identifique como sintomático de un autor, o simplemente por una firma que en muchos casos podría resulta espúrea. Al fin y al cabo el crítico de arte y el historiador son muy similares al construir una realidad en función de apariencias, subjetividades y erudición que puede ser real o simplemente ideal. Todo está sujeto a una constante reinterpretación y lo que hoy es cierto mañana puede ser falso, todo depende de donde se situe el gramsciano discurso hegemónico.

F for Fake Orson Welles

Fotograma del documental F for Fake. Orson Welles. 1972

Muchas cosas

  1. Drawn to Trouble. Eric Hebborn. Random House. 1993
  2. The Art Forger’s Handbook. Eric Hebborn. Overlook Hardcover. 1997
  3. ¡Fraude! La historia de Elmyr de Hory. Clifford Irving. Norma Editorial. 2009
  4. Master Pieces: The Curators Game. Thomas Hoving. W. Norton & Company. 2005
  5. Película documental F for Fake. Orson Welles. 1973
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