Sobre nubes


Cielo con nubes Castilla

Típica nube castellana, reconocible por su visible castellanidad.

Hay nubes de muchos tipos, más grandes y más pequeñas, de formas caprichosas y amorfas, cenicientas y de una pureza excepcional; todas ellas enmarcadas en el alto lapislázuli del cielo. Para los que somos de interior, ese azul tan elevado y prístino se nos antoja como el océano más insoldable y profundo. Miles de tonalidades se camuflan en las alturas a lo largo del día y cada una evoca algo para alguien. Cuando la monotonía de la llanura amenaza con absorberte definitivamente, la mirada se escapa hacia ese azul eterno y sientes una verdadera libertad. Allí no hay mas tiempo que el que marcan las nubes cadenciosas, similares a enormes elefantes que avanzan ignorantes de todo. Hoy son ellas las protagonistas porque parafraseando al poeta belga Louis Scutenaire (1905 – 1987) el futuro es como una nube.

Azorín

Las nubes. Castilla 

Las nubes son la imagen del tiempo.  ¿Habrá sensación más trágica que aquella de quien sienta el tiempo, la de quien vea ya en el presente el  pasado y en el pasado el porvenir? En el jardín lleno de silencio se escucha el chiar de las rápidas golondrinas. El agua de la fuente cae deshilachada por el tazón de mármol. Al pie de los cipreses se abren las rosas fugaces, blancas, amarillas, bermejas. Un deseo aroma de jazmines y magnolias embalsama el aire. Sobre las paredes de nítida cal resalta el verde de la fronda; por encima del verde y del blanco se extiende el  azul del cielo. Alisa se halla en el jardín sentada, con un libro en la mano. Sus menudos pies asoman por debajo de  la falda de fino contray; están calzados con chapines de terciopelo negro adornados con rapacejos y clavetes de bruñida plata. Los ojos de Alisa son verdes, como los de su madre; el rostro más bien alargado que redondo. ¿Quién podría cantar la nitidez y sedosidad de sus manos? Pues de la dulzura de su habla, ¿cuántos loores no podríamos decir?

En el jardín todo es silencio y paz. En el alto de la solana, recostado sobre la barandilla, Calixto contempla extático a su hija. De pronto un halcón aparece, revolando rápida y violentamente por entre los árboles. Tras él, persiguiéndole todo agitado y descompuesto, surge un mancebo. Al llegar frente Alisa se detiene absorto, sonríe y comienza a hablarle.

Calixto lo ve desde el carasol y adivina sus palabras.  Unas nubes redondas, blancas, pasan lentamente sobre el cielo azul en la lejanía.

Bajo el sereno cielo castellano, Azorín (1873 – 1967) reescribe La Celestina. Calixto y Melibea han esquivado el trágico destino que les reservó Fernando de Rojas (1465/73 – 1541), y se han convertido en un matrimonio absolutamente común, con todas sus miserias y sus dichas cotidianas. Su hija, Alisa, es una joven lozana y bella, que comienza a descubrir la vida rodeada de las fragancias de un paraíso cerrado, solamente vulnerado por mares infinitos de nubes ajenas al tiempo, la historia y la vida. Son indiferentes a si mismas y a los hombres. Bajo ellas un mundo que se refleja en los ojos hastiados de Calixto, desbordantes de miradas antiquísimas, literarias, vetustas como su propio yo.  Porque a través de la mirada del padre, se reconoce todo un tiempo infinito del que él mismo fue participe y ahora lo es un joven desconocido que, enamorado, cortejará a Alisa, como el mismo Calixto hizo con Melibea. El destino que Rojas les dio fue la muerte, el que Azorín les otorgó no es menos trágico, al quedar recluidos en la cárcel del tiempo y en el fluir sublime de las nubes inhumanas con sus aleatorias metamorfosis. El resultado será exactamente el mismo: la tumba. Calixto embelesado en su balcón toma consciencia de ello, quizás sabiendo su destino anterior, mientras observa esas nubes fugitivas hechas de inestabilidad pura.

La vida es una constante repetición con pequeñas variaciones, un capricho de alquimista a la usanza de Johann Sebastian Bach (1685 – 1750) o Ludwig van Beethoven (1770 – 1827). En Azorín, el tiempo es una etern retorno nietszchiano que, superando la contradicción, se entrelaza con la existencia concebida por Heráclito (535 a.C. – 484 a.C.): en los mismos ríos entramos y no entramos, somos y no somos. La consciencia del tiempo y la imposibilidad de huir de él, aboca indefectiblemente hacia la melancolía a Calixto, mientras contempla el espectáculo de una vida que en realidad le es ajena, tanto como el cielo sobre su cabeza. Calixto ha tomado consciencia del último extremo del dasein (ser ahí) heideggeriano: la muerte como no ser.

Cuadro de Magritte con nubes

La Malédiction. René Magritte.

Bertolt Brecht

Recuerdo de Marie A. 

1
En aquel día de luna azul de septiembre
en silencio bajo un joven ciruelo
estreché a mi pálido amor callado
entre mis brazos como un sueño bendito.
Y por encima de nosotros en el hermoso cielo estival
había una nube, que contemplé mucho tiempo;
era muy blanca y tremendamente alta
y cuando volví a mirar hacia arriba, ya no estaba.

2
Desde aquel día muchas, muchas lunas
se han zambullido en silencio y han pasado.
Los ciruelos habrán sido arrancados
y si me preguntas ¿qué fue de aquel amor?
entonces te contesto: no consigo acordarme,
pero aun así, es cierto, sé a qué te refieres.
Aunque su rostro, de verdad, no lo recuerdo,
ahora sé tan sólo que entonces la besé.

3
Y también el beso lo habría olvidado hace tiempo
de no haber estado allí aquella nube;
a ella sí la recuerdo y siempre la recordaré,
era muy blanca y venía de arriba.
Puede que los ciruelos todavía florezcan
y que aquella mujer tenga ya siete hijos,
pero aquella nube floreció sólo algunos minutos
y cuando miré a lo alto se estaba desvaneciendo en el viento.

Una nube nueva y enormemente alta, levemente atraviesa un cielo otoñal. Un árbol resguarda a dos amantes absortos en si mismos. Durante un instante alguien mira hacia arriba y la ve, “no tiene importancia, lo verdadero está entre mis brazos” piensa. No obstante esa nube es lo más valioso que sucederá en esa pareja, sumida en el más placido de los sueños, y, sin embargo, fue algo efímero y lejano, demasiado elevado, casi inalcanzable, que en un esfuerzo agónico tratará de poseer a través de un beso escondido entre recuerdos difusos. El Bertolt Brecht (1898 – 1956) más lírico concibe una nube solitaria como el símbolo más duradero del amor; puro y a la vez transitorio. El resto es sólo una lucha constante contra la memoria y el atroz sentimiento de la perdida transfigurada en un significativo “no consigo acordarme”. Lo llamado a ser eterno se precipita en el abismo insondable del vacio, lo efímero perdura como una mota de consciencia de lo que una vez fue auténtico. Sin esa nube, breve e insignificante, el ser amado se hubiese disuelto en el tiempo y el olvido, ese masa informe simboliza la memoria más poderosa del hombre al conservarlo fuera del tiempo.

Un hombre sin memoria, cotidiano y terrible, un agente de la Stasi, escapó de su vida a través de la de los otros. La nube de Brecht le ayudó a mirar tremendamente alto. En este plano de La vida los otros, el oficial Gerd Wiesler, lee este poema, mientras que Florian Henckel von Donnersmarck (1973) inteligentemente a través de un plano cenital nos convierte en una nube dentro de un anodino apartamento funcionarial de Berlín Este. La alienación humana se pierde en el recuerdo de la pálida Marie A.

Wiesler lee el poema de Bertolt Brecht

Gerd Wiesler (Ulrich Mühe) lee el libro de Brecht que le ha mangado a la pareja que espia. ¡Qué caradura! La vida de los otros. 2006

Lev Tolstoi.

Guerra y Paz

«¿Qué es esto? ¿Me caigo? ¿Me vacilan las piernas?», Balbució desplomándose de espaldas. Abrió los ojos, quería ver cómo terminaría la lucha: deseaba saber si el pelirrojo había muerto y si se habían salvado los cañones. Pero no vio nada. Por encima de él no había nada excepto el cielo, un cielo sublime, no muy diáfano, con algunas nubecillas grises que se deslizaban lentamente; era, sin embargo, infinitamente sublime. «¡Qué quietud, qué paz, qué solemnidad! ¡Qué distinto de cuando corríamos luchando y gritando! ¡Qué distinto de cuando esos dos hombres iracundos se disputaban el atacador! ¿Cómo no habré reparado antes en ese cielo? ¡Qué feliz soy de haberlo descubierto por fin! ¡Todo es vano, todo es un engaño! No hay nada, salvo este cielo. Pero no, ni siquiera ese cielo existe. No hay nada salvo la paz y el descanso. ¡Alabado sea Dios!»

Mientras yace junto a la bandera imperial rusa en el campo de Austerlitz, el orgulloso príncipe Andrei Bolkonsky toma consciencia de la futilidad del honor, del poder, de la guerra, de la paz y del mundo en general. Ha sido herido gravemente, la sangre comienza a manar, su mirada se torna ausente aunque fija en un lugar ajeno a los hombres que batallan sin cesar en un conflicto absurdo. Hace un minuto él mismo era uno de ellos, anhelante de la gloria y el reconocimiento, sin embargo ahora sumido en su propia inconsciencia alcanza una verdad que había obviado durante toda su vida, una certeza contenida en la inmensidad en un cielo vespertino salpicado de nubecillas aisladas. Lev Tolstoi (1828 – 1910), en sus últimos años se alejó de la iglesia ortodoxa a la vez que desarrollaba una personal e inquebrantable fe cristiana, sin embargo antes de llegar a este estadio espiritual, el conde buscó innumerables respuestas a la gran pregunta ¿Qué soy? En las palabras del príncipe Andrei conviven los ecos Shakyamuni y la moksa (liberación), un nihilismo desasosegante y una última plegaria a un dios incierto. Todo es duda, incluso lo inmenso, todo es cuestionable a excepción de la muerte, “de la paz y el descanso”. Ya no puede haber gloria.

[…] El príncipe Andrei comprendió que se refería a él y que era Napoleón quien había hablado porque había oído que lo llamaban “sire”. Pero había oído estas palabras como si fuesen el zumbido de una mosca. No le interesaban ni siquiera reparó en ellas, y no tardó en olvidarlas. Le ardía la cabeza; se daba cuenta de que se estaba desangrando y veía por encima de si el cielo lejano e infinito. Sabía quien estaba allí era Napoleón, su héroe, pero en aquel momento le parecía un hombre pequeño e insignificante en comparación con lo que había sucedido entre su alma y aquel cielo sublime e infinito. Le tenía sin cuidado quién era aquella persona y lo que hablaban de él; tan sólo le alegraba que algún ser humano se le hubiese acercado. Quería que le ayudasen a volver a la vida, que se le antojaba tan hermosa porque en aquel momento la entendía de modo muy diferente. Hizo un esfuerzo sobrehumano para moverse y emitir algún sonido. Movió ligeramente una pierna y lanzó un gemido tan débil que le dio lástima de si mismo.

Bolkonsky, extasiado por su descubrimiento y medio moribundo por las heridas del combate, logra entrever al gran Bonaparte, el mismo Napoleón que ese día dormirá como señor de Europa dada la magnitud de su victoria contra el ejército austro-ruso. En los ojos del Emperador no hay nada más allá de la soberbia y la banalidad de laureles inútiles. El Weltgeist encarnado jamás podrá competir contra la grandeza del cielo infinito y esas nubecillas mecidas por el viento de la tarde en Austerlitz. Sus conquistas no servirán para absolutamente nada porque al igual que una nube se disolverán ante la certeza de una vida finita. Casi un siglo después, el gran historiador Fernand Braudel (1902 – 1985) reaccionará de igual forma mientras escribía, de memoria, en un campo de concentración su monumental El Mediterráneo en tiempos de Felipe II. Al igual que Napoleón, ¿puede ser Adolf Hitler (1889 – 1945) algo más que espuma que agoniza entre las grandes corrientes que rigen el océano de la Historia? La respuesta que se dio fue contundente. No.

Quizás Braudel en su cautiverio contemplase alguna de las nubes que tanto inspiraron a Azorín, Brecht y Tolstoi, entre muchos otros, porque las nubes siempre son ventanas de libertad para sentir, soñar, pensar o simplemente evadirse de la realidad.

Nubes grandes sobre el cielo

Nubes de Austerlitz. 1805. (verídico)

¡A leer!

  1. Castilla. Azorín, Espasa, 1999.
  2. Poemas y canciones. Bertolt Brecht, Alianza, 2012.
  3. Guerra y Paz. Lev Tolstoi, El Aleph, 2010.
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