Cuando Europa quiso conquistar China (I)


Techo del pabellon de la suprema armonia de la ciudad prohibida

Detalle del techo. Pabellón de la Suprema Armonía. Ciudad Prohibida. Pekín

Sin temor a equivocarme, China  representa un vigoroso presente y un desasosegante futuro pues parece que es el modelo sobre el que se proyectaran las nuevas sociedades productivas tal y como se está demostrando en Grecia, en Portugal y posiblemente España. Mano de obra barata, reducida protección laboral, jornadas cada vez más dilatadas y la progresiva implantación de una ideología monolítica bajo la consigna de “no hay mas alternativa” y una contante vigilancia “preventiva”. Personalmente creo que hay otras alternativas y algún día dedicare un post a ello, sin embargo hoy me gustaría profundizar un poco más en la relación que China ha tenido con Occidente a lo largo del tiempo. Si Europa se está “sinificando” resulta interesante indagar como comenzó la europeización de China. Aprovecho para hacer una pequeña observación: Este texto lo he escrito con Microsoft Word, pues bien, el corrector amparado en la regla ortográfica reconoce sin percances el concepto europeizar pero es implacable con el de sinificar, quizás la realidad acabe actualizándolo.

Aunque China es un gigante económico, militar y cultural, cimentado en una civilización varias veces milenaria el desconocimiento sobre ella resulta algo común, más aun si nos situamos en un plano histórico. Más allá de los viajes del almirante Zheng He (1371 – 1433), las vivencias del último emperador retratadas bellamente por Bernardo Bertoluzzi (1941), Mao Tse-Tung (1893 – 1976) y su Revolución Cultural; la ignorancia común en relación con China es descomunal. Y si hablamos de su filosofía, artes, ingeniería, ciencia, etc. pues apaga y vámonos, aunque existe la meritoria excepción de la gastronomía gracias a la infatigable labor de los restaurantes chinos presentes en todo núcleo de población superior a los 10.000 habitantes. Visto esto, en este ignoto espacio vamos a tratar de iluminar un pequeñísimo fragmento de la historia de China, siempre manteniendo un pie en Europa.

Numerosos estudios de historia económica resaltan que durante siglos la economía china ha tenido unos indicadores mucho más elevados que los de las economías occidentales, es decir, estaba más desarrollada. Este desequilibró comenzó a corregirse rápidamente con la introducción de América y sus vastos recursos dentro del eje transatlántico que la Monarquía Hispánica abrió a partir de 1492 y consolidó con las conquistas de los imperios azteca e inca. A partir de entonces el expansionismo económico y territorial europeo empezó a construir una nueva hegemonía que a partir de finales del XVIII y sobre todo a principios del XIX acabaría con el liderazgo económico chino en favor de los grandes imperios europeos. Es como decir, que China ha tenidos dos siglos muy malos, y la situación actual es un reequilibrio de fuerzas. Como decíamos el punto de inflexión se sitúa en el siglo XVI y particularmente en 1554, fecha clave en la cual Portugal obtuvo el primer enclave comercial en el Imperio del Centro: Macao. Veinte años más tarde la Monarquía Hispánica agregaría el archipiélago de las Filipinas, vecino a China, estableciendo un nudo comercial de gran importancia que uniría Asia y América a través de la ruta cubierta por el celebre Galeón de Manila. La economía-mundo descrita por Inmanuel Wallerstein (1930) comenzaba a perfilarse como una realidad, pero en relación a China, el tránsito de ideas y personas continuaba siendo muy escaso dado el tradicional hermetismo del país.

La gran muralla simboliza el hermetismo de China

La Gran Muralla. La mejor metáfora del tradicional hermetismo chino.

La susceptibilidad china a todo lo que proviniese del exterior se fundamentaba en un secular etnocentrismo y en un bien fundado temor a que la injerencia de las potencias extranjeras produjese revueltas e inestabilidad en el complejo panorama político del Imperio. Por parte de los etnocentristas reinos europeos y en particular de la Monarquía Hispánica (integrada también por Portugal desde 1580), China era contemplada como una segunda América, una nueva frontera de la cristiandad que podría ser incorporada a sus vastos dominios con “solo 60 buenos soldados” como aseguraba el escribano Hernando Riquel hacia 1570. El triunfalismo y el mesianismo que se habían incorporado al discurso oficial de la monarquía de los Habsburgo se trasladaba ahora hacia las puertas de China, pero sin duda la realidad arruinó estos proyectos y para 1585 los oficiales reales en Filipinas solicitaban no menos de 20.000 efectivos y toda la Armada de Felipe II (1527 – 1598) para acometer la conquista del Celeste Imperio. Evidentemente, el “rey prudente” desestimó este proyecto acuciado por otras dificultades como la invasión de Inglaterra, las guerras de religión en Francia y el eterno conflicto en Flandes. Por lo tanto Europa renunció a la conquista material de Oriente pero no se resignó a no intentar la “conquista espiritual” (tomando la célebre idea sobre Nueva España de Robert Ricard) otra vez con América en la memoria. Aprovechando la presencia portuguesa en Macao, numerosos misioneros atravesaban la frontera para evangelizar china, pero los resultados eran muy limitados ya que las autoridades locales se esforzaban por impedir cualquier tipo de contaminación cultural, en línea con el activo etnocentrismo patrocinado por los emperadores Ming desde el siglo XIV. Sin embargo la presión portuguesa unida, a distintas disensiones entre militares y mandarines permitió que en 1582 el Emperador Wanli (1563 – 1620) autorizase una primera misión evangelizadora.

Ese mismo año partieron desde Goa (Malabar, India) dos jesuitas italianos Michele Ruggeri (1547 – 1607) y Matteo Ricci (1552 – 1610), que habían comenzado un elemental aprendizaje de la lengua china que consolidarían en Macao, lugar desde donde viajarían hacia Zhaoqing en la costa meridional de China, el lugar donde se les había autorizado a evangelizar. La elección de los jesuitas no se debió al azar. La Compañía de Jesús se había fundado en 1540 para que sirviese como milicia de vanguardia para el catolicismo militante en un momento de confrontación con las tesis protestantes. Además la orden jesuita imponía un voto de obediencia al papa y una formación teológica y humanista tremendamente sólida que daba verdaderos maestros del debate y la discusión como demostraron ser Ruggeri y especialmente Ricci.

matteo ricci vestido de chino con elementos cristianos

Matteo Ricci. Este cuadro anónimo muestra al jesuita en un contexto de mestizaje en el que se mezclan elementos chinos y occidentales.

La labor que tenían por delante esos dos hombres era inmensa. China era una civilización muy avanzada, con una burocracia estatal desarrollada y muy eficiente, un ejército potente y unos principios espirituales fundamentados en la tradición confucionista, taoísta y budista, además de una figura imperial considerada divina “el hijo del Cielo”. Por lo tanto desde un principio los misioneros trataron de establecer un plan de evangelización que como comprobaron no se debía asemejar al que se había desarrollado en América, a excepción de un factor fundamental: el dominio de la lengua para facilitar la comprensión por parte de los nativos. De hecho la cuestión idiomática constituyó el primer gran escollo con el que toparon Ricci y Ruggeri ya que no supieron con exactitud como traducir el concepto capital de dios cristiano al chino sin aludir a términos como tianzhu procedente del budismo o tiandi, propio del confucionismo. Los jesuitas no querían que los identificaran como miembros de una secta derivada de estas tradiciones religiosas si no como mensajeros de la nueva fe. Además esto derivó en disputas teológicas entre Ricci y Ruggeri para dilucidar que se aproximaba más al cristianismo: la religión de Confucio (551 a.C. – 479 a.C.) o la del Tao, de tal forma que redactaron dos catecismos distintos. Eran dos y mal avenidos.

En su afán por distinguirse los jesuitas solicitaron a las autoridades el permiso para adoptar la vestimenta tradicional china reservada a los sabios o doctores, en vez de la de religioso. Con esto consiguieron dos objetivos muy importantes: reforzaron su posición social y la de sus enseñanzas; y se introdujeron en los ambientes intelectuales chinos integrados por burócratas, altos funcionarios, mandarines y sabios que se reunían en los shuyuàn o academias para debatir. Esto último era particularmente relevante ya que Ricci consideraba que una evangelización entre la gente del pueblo estaba condenada al fracaso; en China para lograr el éxito había que buscar la cristianización de las élites y una vez lograda la gente común se convertiría rápidamente. Sin embargo lograr la conversión de estas elites, era mucho más complicado ya que la mayoría de de estos personajes tenían una solida formación intelectual fundamentada en los principios culturales chinos, por lo que el proselitismo abierto fue juzgado inoportuno al poder ser malinterpretado. La vía que abrieron Ruggeri y Ricci fue la evangelización encubierta a través de la ciencia y la técnica occidental.

Entre los intelectuales frecuentados por los primeros misioneros jesuitas, existían tendencias religiosas muy diversas, sin embargo compartían un común entusiasmo por la ciencia y en algunos casos profesaban una fe casi religiosa por ella. Ricci, además de religioso tenía una amplia formación como astrónomo y matemático por lo que rápidamente se convirtió en el referente de muchos de estos cenáculos de eruditos. Los chinos estaban particularmente interesados en los avances occidentales en geografía, matemáticas, calendarios y técnica hidráulica con el fin de mejorar la agricultura tradicional, ya que a juicio de muchos científicos locales la ciencia china llevaba anquilosada varios siglos a causa del cierre cultural promovido por los Ming. Aunque esta cuestión es muy debatible ya que según demuestran estudios recientes el nivel técnico de oriente y occidente era muy similar. No obstante estos cenáculos elitistas fueron el semillero del que surgieron las primeras conversiones al cristianismo y como ejemplo cabe destacar la figura de Paul Xu Guangqi (1562 – 1633).

Xu Guangqi, primer secretario de la Corte, había frecuentado el círculo de Matteo Ricci cuando éste se trasladó a Pekín en 1601 invitado por el Emperador Wanli. Especialmente atraído por las matemáticas, había criticado tenazmente la decadencia de los estudios chinos sobre esta rama del saber por lo que la introducción de los métodos occidentales por parte de los jesuitas fue muy gratificante para este alto burócrata. Influido por Ricci, Xu Guangqui se convertirá al cristianismo en 1603 certificando una fractura cultural con su entorno que le conduciría a intensificar sus críticas hacia la sociedad china. Este erudito será el responsable, junto a su amigo Ricci, de traducir por vez primera al chino una obra del saber clásico europeo, Los Elementos de Euclides, lo que supone un ejemplo magnifico del proceso de europeización iniciado por los misioneros jesuitas. Pese a su carácter crítico y su catolicismo militante (que sería notorio en sus sucesores) el primer secretario logró medrar en la corte Ming e influyó para introducir nuevos métodos agrarios occidentales para mejorar la agricultura china. Fruto de su trabajo como agrónomo publicaría Nong Zheng Quan Shu, una obra que fue referencia en China hasta el final de la guerra civil y la implantación del comunismo. Xu Guangqui, no fue un personaje aislado y dentro del círculo de la alta administración comenzaron a sucederse algunas conversiones como las de Li Zhizao (1565 – 1630) y Yang Tingyun (1557 – 1627). Estas tres personas (conocidos como los Tres Pilares del Catolicismo Chino)representan un paréntesis sumamente sugestivo en la historia de China, pero también del Occidente cristiano (aunque en este caso los mestizajes eran muy frecuentes dada la proximidad del otro musulmán y el descubrimiento de América) ya que la interacción del saber occidental, unido a la doctrina cristiana, con la cultura tradicional china propició el surgimiento de lo que Peter Burke (1937) podría denominar hibridismos culturales. Las convergencias, adaptaciones  y asimilación de los diversos acervos motivaron la creación de una tercera cultura que no podía ser ni china ni occidental. Esto se puede observar perfectamente en los nombres que adoptaron los conversos, pero también los misioneros (Ricci era conocido como Li Madou), al combinar un elemento chino con otro cristiano.

Grabado Elementos chino Matteo Ricci y Xu Guangqi

Matteo Ricci y Xu en un grabado de la edición china de Los Elementos de Euclides. Siglo XVII

El gran responsable de este éxito inicial fue Matteo Ricci, quien supo utilizar hábilmente sus conocimientos científicos y lingüísticos para integrarse entre los individuos más relevantes de la sociedad china. Incluso el Emperador Wanli tuvo conocimiento de la sabiduría del jesuita y por esta razón quiso entrevistarse con él convirtiéndose así en el primer occidental que cruzaba los muros de la Ciudad Prohibida. Lo cierto es que Ricci era un personaje fascinante y tremendamente inteligente y lo mejor de él se puede apreciar en una obra en chino que escribió en 1596, El palacio de la memoria, un conjunto de arquitecturas mnemotécnicas (la memoria era algo que fascinaba a los intelectuales Ming) en el que trató de occidentalizar algunas tradiciones filosóficas chinas. Este texto, ampliamente estudiado por el sinólogo británico Jonathan D. Spence (1936), el jesuita presenta una serie de técnicas para crear estructuras mentales individuales que organizadas de forma secuencial permitían memorizar de forma duradera todo el conocimiento que ha aprendido el ser humano para luego poder recuperarlo en función de las circunstancias. Estos palacios de la memoria podían llegar a tener millones de salas, cada una decorada con una serie de muebles y útiles que funcionaban a modo de custodios de las imágenes. Ricci tenía una memoria fabulosa, pero su método no era original ya que lo había tomado de la antigüedad grecolatina con el fin de facilitar el aprendizaje de los innumerables ideogramas chinos. La memoria en Roma era muy apreciada y sobre ella escribió Plinio el Viejo (23 – 79) y sobre todo el hispano Quintiliano (39 – 95), quien aconsejaba la construcción de edificios mentales para albergar conocimientos de forma eficaz. En la persona del italiano Ricci, se transfiguraba la tradición clásica recuperada por los intelectuales renacentistas para proyectarlas en una cultura totalmente diferente pero que convergía en intereses. La memoria fue utilizada por el jesuita para impresionar a sus amigos chinos y para convencerles de la superioridad del pensamiento occidental de forma sibilina.

Ricci o Li Madou, como se ha podido apreciar fue un hombre francamente interesante. Aparte de lo ya dicho, fue el responsable de trazar a instancias del Emperador el Kunyu Wanguo Quantu (1602), el primer mapamundi chino que incorporaba los conocimientos geográficos occidentales. Aunque respetaba la centralidad de China en el mundo, la sensación es que el Imperio del Centro había perdido parte de su principal atributo a favor de una tierra más amplia y diversa.  El merito de Ricci fue el de encontrar una vía intermedia que pudiese aunar siglos de escolástica cristiana, con milenios de tradición china, vehiculada a través de la ciencia en un tiempo en el que por desgracia aun no se había distanciado de la religión. Sin embargo Ricci logró encontrar una cierta armonía y pocos años antes de morir Li Zhizao, lo describía así: “Ya puede hablar nuestra lengua con fluidez, escribe nuestros caracteres y se comporta según nuestras normas de conducta. Produce una impresión imborrable: interiormente refinado y por fuera de una gran franqueza. Entre todos mis conocidos, no sé de nadie que se le pueda comparar”. Li Madou también se había transformado y con él parte de Europa.

Ricci murió en Pekín en 1610 y aunque en esa época ya había más de una decena de misioneros jesuitas en China, el cristianismo y la europeización que conllevaba no era más que una gota de agua en el océano. La labor del italiano fue continuada por algunos de sucesores, incidiendo particularmente en la Corte, en donde en una ocasión pareció que el mismo Emperador Chongzhen (1611 – 1644), estuvo próximo a adoptar el cristianismo tras destruir todos sus ídolos. Sin embargo en 1644, el cambio dinástico que derrocó a los Ming y encumbró a los Quing llenó de incertidumbre el horizonte de una posible europeización de China a través de la ciencia y la religión.

Continuará.

Trono imperial en la ciudad prohibida pekin china

Trono imperial. Pabellón de la Suprema Armonía. Ciudad Prohibida. Pekín

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