Tinta y adobe


Sankore es una mezquita de la ciudad de Tombuctu

Alminar de la mazquita de Sankore. Tombuctú. Malí (Azawad)

Tombuctú es una ciudad que se sume en los fantasmas. Tombuctú es la tumba de 333 santos. Tombuctú es una urbe de barro que se desmorona como un castillo de arena entre fanatismos desbocados. Tombuctú es un lugar de sueños incumplidos, una topografía de lo onírico que la realidad ha destrozado. Tombuctú se muere al ritmo que se consume su cultura.

¿Qué es Tombuctú? Más allá del exotismo y la lejanía que el nombre evoca, esta ciudad, centinela solitario en la frontera inmensa del desierto, es un centro cultural fundamental para conocer el Magreb, el África negra y los vínculos centenarios que los unieron con Europa aquello que Sanjay Subrahmanyam (1961) llamó “historias conectadas”.  Oficialmente, Tombuctú es una ciudad de Mali, en la curva del rio Níger, último vergel de vida antes del infierno sahariano, pero en los últimos meses su estatus ha cambiado al convertirse  en la capital del autoproclamado estado islámico de Azawad. La alianza entre clanes tuaregs y diversos grupos radicales islamistas propició una serie de ofensivas que expulsaron al ejército maliense del enorme territorio desértico que ahora reclama su independencia. Uno más de los innumerables conflictos olvidados de África. Los mausoleos de alguno de los 333 santos que dieron fama a la ciudad están siendo reducidos a polvo por una ideología islamista fanatizada ¿tendrán sus maravillosas bibliotecas de manuscritos el mismo destino? ¿está desapareciendo la memoria de la ciudad?

Tombuctú fue fundada a finales del siglo XI por comerciantes tuareg que buscaban intercambiar la sal mediterránea por el oro del corazón de África. Su prosperidad la convirtió en cabecera de imperios, como el Mali o el Shongai,  y residencia de reyes. Uno de ellos fue Mansa Musa (1280 – 1337), el celebre soberano que peregrinó a La Meca acompañado por centenares de sirvientes y 80 camellos cargados de oro. Él mismo será quien, a comienzos del siglo XIV, envíe a muchos de sus súbditos a los principales centros del saber para estudiar e importar sabiduría ampliando así las fronteras intangibles de sus reinos. Gentes de Tombuctú hicieron extraordinarios viajes de ida y vuelta que les condujeron a Fez, Granada, Alejandría, Bagdad, etc. retornando  con conocimientos más valiosos que el oro que atesoraba la ciudad. Entre el rio Níger y el Sahara se encontraba esta ciudad que tras el descubrimiento de las rutas transatlánticas quedó olvidada por los comerciantes y comenzó a languidecer, sumida en el rumor incesante de sus madrazas y el adobe crepuscular de sus irreales mezquitas. Prohibida para los infieles, la ciudad quedó sepultada sobre si misma durante siglos, sin embargo, ahora parece que tinieblas mayores se ciernen sobre ella.

La región de Tombuctú constituye un área excepcional a causa de muchos factores, pero el que nos trae hoy aquí es su monumental patrimonio manuscrito. Aunque no existen unas estimaciones totalmente precisas se calcula que en toda la zona podrían existir casi 700.00 ejemplares, de los cuales 400.000 estarían en Tombuctú, en alguna de las distintas bibliotecas y colecciones familiares que se han logrado constituir.  La mayoría de estos fondos ha padecido una historia atroz determinada por el azar y la tenacidad de sucesivas generaciones que preservaron una memoria y una identidad amenazadas. Diversas invasiones y la implantación de un amargo régimen colonial propició que muchos fondos se fragmentaran entre distintos linajes que procuraron salvar un legado que abarcaba más allá de su propias raíces. Baúles mohosos se convirtieron en custodios de un saber que había sobrevivido siglos y que entonces fue despreciado; un saber que envejecía en polvorientos rincones y en escondites furtivos; un conocimiento proscrito por algunos, fútil para otros, por pocos, valorado. Cuando se comprenden las vicisitudes atravesadas por la gran mayoría de estos textos es cuando realmente se valora el esfuerzo de grandes individuos que durante décadas han velado por mantener vivo un legado universal, una herencia cultural extraordinaria que sólo en fechas recientes se pudo estudiar convenientemente. Resulta terrible pensar en la pérdida de las colecciones que guardan el Instituto Ahmed Baba y las bibliotecas de Mamma Haidara, Al Wangari o el Fondo Ka’ti (cuyo origen se encuentra en la colección de Ali Ben Ziyad al Quti quien en 1468 se exilió de Toledo llevándose consigo su vasta biblioteca con decenas de manuscritos ibéricos), amén del resto de colecciones familiares que todavía se encuentran dispersas en toda la curva del Níger (sólo en Tombuctú hay más de 60). De su conservación depende el futuro de una tradición filosófica que influyó en todo el África occidental.

manuscrito arabe de una de las bibliotecas de tombuctu

Manuscrito con diversas anotaciones. Se puede apreciar que en la cubierta de cuero repujado también se ha aprovechado el espacio para escribir. Tombuctú.

La historia intelectual africana anterior a la colonización del siglo XIX es un relato repleto de carencias y vacíos que progresivamente se han tratado de rellenar mediante nuevos programas de investigación y el estudio de fuentes tradicionalmente menospreciadas. De hecho resulta curioso que varios siglos antes de la implantación de los regímenes coloniales y la consecuente expansión de las lenguas europeas, en Tombuctú, en sus escuelas y universidades, ya se interpretaran textos filosóficos de Aristóteles. Como señaló el importante historiador senegalés, Cheikh Anta Diop (1923 – 1986) Cuatro siglos antes de que Levy Bruhl escribiese sobre la “mentalidad primitiva” los musulmanes negros del África occidental comentaban la lógica aristotélica y eran devotos estudiosos de la dialéctica. En este sentido resulta relevante indicar la importancia del impacto que para el desarrollo intelectual africano tuvo la penetración del Islam en sus regiones septentrionales. La inclusión del Magreb y el Sahel dentro de los límites del mundo musulmán permitió la integración de estas zonas en amplios circuitos políticos, comerciales, culturales y evidentemente intelectuales que se extendían desde Oriente Medio hasta la Península Ibérica. La penetración del Islam también tuvo una consecuencia muy importante para las formas de transmisión de la cultura y el conocimiento: las tradiciones orales, extremadanamente relevantes en África, redujeron su importancia en favor de los hábitos escriturarios. La adopción de la caligrafía cúfica por parte de poblaciones que habían tomado el Islam como religión, literalmente forzó una reformulación de todos sus horizontes intelectuales previos. El wolof, el fulfulde, el hausa o el bambara, dejaron de ser lenguas orales en el mismo instante en el que individuos educados en escuelas coránicas y por lo tanto familiarizados con la escritura, comenzaron a componer crónicas, mitos, plegarias y poesías en estos idiomas. La misma ciudad de Tombuctú representa el mejor testimonio de lo que significó este tránsito de la oralidad a la escritura. Estas cuestiones que progresivamente van recuperando su justo reconocimiento fueron obviadas por la interpretación colonial de las culturas africanas, permitiendo la proyección de estereotipos equivocados.

Gran parte de la tradición intelectual que fundamentó los principios del colonialismo tuvo sus orígenes en las teorías del gran padre de la filosofía moderna occidental, Georg W.F. Hegel (1770 – 1831). Para el filósofo alemán la civilización europea era superior a cualquier otra dado que se distinguía del resto en dos atributos fundamentales: poseía historicidad y desarrolló la filosofía. Cualquier posibilidad de conocimiento histórico o filosófico era negada a otras culturas que no formasen parte del conglomerado intelectual europeo que hundía sus raíces en las tradiciones judeocristiana y grecolatina, aderezadas con un toque oriental y egipcio. El resto del mundo y, particularmente, África quedaba muy alejado de este concepto de civilización y por lo tanto, en palabras de Hegel, se hallaba cubierto por “el “oscuro manto de la noche” (vamos un mal chiste de negros por parte del alemán). Partiendo de esto resultó sencillo justificar la esclavitud impuesta por los europeos como una forma de introducir a las comunidades salvajes en entornos de verdadera civilidad. El siglo XIX sería testigo de la cruel expansión del ideal colonial a la par que las potencias europeas incorporaban territorios africanos y asiáticos formando grandes imperios de explotación y adoctrinamiento cultural. Décadas después de la desaparición de Hegel, en el ocaso del imperialismo, el francés Lucien Lévy Bruhl (1857 – 1939), pionero de la antropología, trató de demostrar científicamente la inferioridad de una “mentalidad primitiva” que no podía comparase con el grado de desarrollo que había alcanzado la civilización occidental. Evidentemente, toda África se hallaba sumida en este estadio de mentalidad primitiva y el colonialismo podía justificar su existencia como un elemento civilizador que permitía erradicar este tipo de intelecto inferior.

Sin embargo, tras el fin del colonialismo, el péndulo dialéctico planteó una antítesis intelectual al mismo, mediante la aparición de diversas tesis etnofilosóficas, que apoyaban la existencia en África de una vida intelectual fértil y desarrollada anterior a la llegada de los europeos. Aunque los presupuestos y la ontología pudiesen resultar extraños para los cánones occidentales no por ello el pensamiento autóctono debía ser considerado inferior. Rápidamente se configuró un grupo de oposición eurocéntrico que defendía que el concepto de filosofía estaba restringido por una serie de características esenciales: debe estar escrita, ser individual (no colectiva o grupal), racional y crítica. Esta definición fue considerada por muchos autores como eurocéntrica y ajena a las realidades africanas que se trataban de exponer en libros como Filosofía Bantú de Placide Tempels (1906 – 1977).

Curiosamente todas estas diatribas se desarrollaron sin tener el más mínimo conocimiento del contenido de los manuscritos ocultos en las ciudades de la curva nigeriana. Los textos tombuctenses han aportado una perspectiva tremendamente valiosa sobre el estado de la filosofía en el África occidental antes de la implantación colonial y al profundizar en su estudio se demuestra que ninguna de las dos posturas se ajustaba a la realidad de la ciudad de los 333 santos. Desde el siglo XIII, se desarrolló en Tombuctú una compleja red de madrazas y universidades islámicas que situaron a la capital del imperio Mali en paridad con otros centros intelectuales musulmanes de gran prestigio como Alejandría, Bagdad o Fez. Este cruce de caminos entre el Magreb y el África negra no se concebía como una periferia de la civilización islámica sino como un núcleo activo de pensamiento y actividad intelectual.

manuscrito iluminado de la biblioteca ahmed baba de tombuctu

Manuscrito iluminado con marginalia. Ahmed Baba. Tombuctú

Es innegable que el impacto del Islam marcó radicalmente el desarrollo intelectual de los pueblos de esta región del Níger, alterando sustancialmente su cosmovisión tradicional y, consecuentemente, sus categorías mentales. Estas gentes, al adoptar la escritura, no sólo se limitaron a escribir sus relatos tradicionales si no que paralelamente reformulaban  su propia tradición. Un ejemplo tardío de esto se encuentra en una de los textos mas valiosos de los manuscritos de Tombuctú, el Tarick al-fattash (mediados del siglo XVI), escrito por Mahmud Ka’ti, cuya biblioteca personal constituye el grueso del Fondo Ka’ti. En uno de los pasajes de esta crónica que narra la historia de los imperios Mali y Shongai (exponiendo múltiples aspectos: políticos, dinásticos, sociales, religiosos, culturales, etc.), el autor se recrea en describir la inmoralidad y el vicio que reinaban en Gao y otras ciudades del área de Tombuctú, antes de la llegada del Islam, concluyendo con una sura coránica muy conocida: A Alá pertenecemos y a Él retornaremos. A través de estas palabras, Ka’ti introduce principios históricos y toda una filosofía del tiempo que determina un relato detallado del periodo preislámico. Tanto en las narraciones de Ka’ti como en las de otros cronistas, tiempo e historia adquirieron una presencia constante que quedó cristalizada en los manuscritos de Tombuctú.

Pero más allá del sustrato cultural común que ofrecía la civilización islámica, los centros de estudios tombuctenses, y particularmente la Universidad de Sankore (fundada por Musa y cuya biblioteca alcanzó los 500.000 textos), fueron lugares autónomos de innovación y especulación intelectual. Uno de los aspectos distintivos que diferenciaron a esta ciudad de otros lugares fue la conservación y desarrollo de una importante doctrina filosófica islámica llamada falsafa. El termino falsafa fue incorporado al árabe a partir del griego filosofía tras el redescubrimiento de las obras griegas por parte de los intelectuales musulmanes, (quienes posteriormente las reintroducirían en Occidente), y rápidamente se convirtió en sinónimo de una corriente de pensamiento muy extendida en todo el orbe islámico. Esta tradición, que tuvo grandes exponentes como el persa Avicena (980 – 1037), comenzó a declinar hacia el siglo XIII, pero en Tombuctú se mantendría intacta hasta el XIX, de tal forma que Europa y África continuaron especulando sobre una tradición común siguiendo vías muy diferentes (no quiero ni pensar en la cara de Hegel si se hubiese enterado de esto). Resulta increíble que en una época tan tardía como para coincidir con los albores de la colonización, un estudioso de Tombuctú llamado Al Turudu expusiera un aristotelismo tremendamente elegante en su obra Futuhat al-rabbaniya en la cual pretendía tratar “cuestiones relacionadas con la naturaleza transitoria de la existencia del mundo, o su no existencia, del espíritu y la naturaleza de las esferas celestes.

Testimonios como las crónicas de Mahmud Ka’ti y la tradición filosófica de la falsafa, son suficientemente contundentes como para comprender la importancia que tienen los manuscritos de Tombuctú y los grandes errores que se cometieron (y se siguen cometiendo) a la hora de estudiar las civilizaciones africanas. Resulta realmente penoso vislumbrar el incierto futuro que amenaza un legado centenario que enriquece y dignifica el acervo común de la humanidad. Como escribió el sabio tombuctense Ahmed Baba (1556 – 1627) “durante el Juicio Final, la sangre de los mártires se medirá con la tinta de los sabios y ésta pesará más”. La sangre de Tombuctú es la tinta de sus textos, sin ellos solamente es un esqueleto de adobe.

Concluyamos pues, pero no con una sensación amarga. Para ello nada mejor que  escuchar algo de Alí Farka Touré y Toumani Diabaté, ¡música del rió Níger para todos!

Atardecer en el rio niger mali con barcas

Atardecer en la Curva del Níger. Mali

Para profundizar en el tema

  1. Timbuktu: Script and Scholarship, coordinado por el Tombouctou Manuscripts Project e Iziko Social History Collections Department, Ciudad del Cabo, 2008
  2. The Meanings of Timbuktu. Shamil Jeppie y Souleymane Bachir Diagne, HSRC, 2008.
  3. También hay varios documentales sobre los manuscritos de Tombuctú: Fondo Ka’ti y Tombouctou, les manuscrits sauvés des sables
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