Patria, patrias. Himno, himnos. Rusia, Rusias. (I)


El Kremlin de Moscú Rusia

¿Es posible ser más ruso? Muralla del Kremlin. Moscú

Una de las primeras empresas culturales que asume una ideología nacionalista es la de dotarse de símbolos distintivos que le sirvan como elementos de identificación ante “los otros”. Posiblemente los dos emblemas más efectivos que puedan existir a este respecto son la bandera y, especialmente, el himno. A través de su melodía nacional distintos pueblos a lo largo de la Historia han tratado (y tratan) de expresar su esencia apelando a  composiciones musicales épicas que sirviesen para enardecer patriotas y animar pusilánimes que albergasen reservas con respecto a los ideales esencialistas. Aunque existen excepciones notorias como es el caso español (no obstante el hermoso y colectivo lolololololololo está solucionando esta cuestión), la mayoría de himnos llevan asociadas letras que narran la historia de la patria o resalta sus virtudes más encomiables, en la mayoría de los casos, un entrañable amor por la libertad y la fraternidad que en pocas ocasiones se ha visto consumado. Amigos, los himnos son una cosa muy seria.

Hechas las convenientes presentaciones entre el lector y esta “himnística para principiantes” quisiera emprender una pequeña aventura histórica y, para colmo, rusa. De kremlin en kremlin, de estepa en estepa y de ural en ural, veamos como ha ido evolucionando uno de los países mas importante del mundo  y como estas transformaciones se reflejaron en sus himnos patrios.

Comenzamos un poco después del final de las guerras napoleónicas que arrasaron Europa durante los primeros años del siglo XIX, justo cuando Rusia emergió como uno de los grandes colosos militares y diplomáticos del Viejo Continente. Los zares autocráticos habían superado con éxito la confrontación con las ideas liberales francesas que contestaban su poder omnímodo y, además, se habían propuesto reconquistar Europa para el absolutismo a través de distintas alianzas y estrategias. El victorioso Alejandro I (1777 – 1825), casi divinizado por haber expulsado a Napoleón I (1769 – 1821) de Rusia, decidió adoptar un himno que sirviese para glorificar al Zar y al Imperio en 1815, coincidiendo con la celebración del Congreso de Viena. Aunque los zares desde hacía siglos eran honrados con diversos himnos militares y religiosos, no existía ninguno que se asociase inequívocamente con Rusia y su soberano, por lo que la decisión de Alejando parecía conveniente. Como música se seleccionó el estándar monárquico de la época (y de todos los tiempos), el británico God Save the King, al que le acompañaría un poema llamado La oración de los rusos compuesta por el escritor Vasili Zhukovski (1783 – 1852).

Años después, ascendió al trono imperial el hermano de Alejandro,  Nicolás I (1766 – 1855), un acérrimo tradicionalista que fruncía el ceño ante cualquier proposición que sonase minimamente heterodoxa al secular poder zarista. Corría el año de 1833 y el Zar, había decidido visitar a su compañero de Santa Alianza, el emperador de Austria, por lo que los desfiles militares y los actos de protocolo se multiplicaron en Viena y las otras ciudades que el cortejo zarista recorría, de tal forma que el himno del Zar sonaba por doquier. Escuchar constantemente la música del God Save the King debió de trastocar al bueno de Nicolás puesto que en aquel tiempo estaba en guerra con el Reino Unido, por lo que es de suponer que  escuchar una música propia de un reino enemigo y excesivamente liberal para su conservador gusto, no le agradase demasiado. Y lo cierto es que no lo hizo ya que de regreso a  Rusia ordenó que se compusiese un himno oficial apropiado para él. La parte musical del encargo recayó en Aleksei Lvov (1799 – 1870), quien trató de combinar la tradición eclesiástica y militar de las características marchas rusas en una nueva formula que honrase al soberano, por su parte, la letra, sería un extracto de La oración de los rusos, escrita por Zhukovski:

¡Dios salve al Zar!

Fuerte, soberano.

¡Gobierna para nuestra gloria!

Gobierna para el terror de los enemigos,

¡Zar ortodoxo!

¡Dios salve al Zar! 

La canción, con el inesperado título de Dios salve al Zar, agradó a Nicolás I por lo que decidió promocionarla como himno del Imperio Ruso y como tal se mantendría hasta el derrocamiento de la dinastía Romanov en 1917. De este modo Dios salve al Zar se convirtió durante varias décadas en el símbolo sonoro de la permanencia del poder imperial bajo el reinado de los sucesores de Nicolás: Alejandro II, Alejandro III y Nicolás II. El himno imperial resonó como un bálsamo tras la derrota en la Guerra de Crimea, fue entonado por los siervos liberados, también mientras se masacraban opositores y, como no, utilizado para silenciar los movimientos nacionalistas en Polonia y Finlandia. Cada éxito y cada fracaso del Zar estaban acompañados de la plegaria que representaba su himno.

el zar nicolas I autocrata de rusia

El zar Nicolás I buscando anti-absolutistas. Grabado. Siglo XIX

Analizando los versos que lo componen, resulta evidente que Dios salve al Zar, no constituye un himno nacional en stricto sensu, más allá de la personificación de Rusia en la figura del soberano, algo común en la doctrina política absolutista. Este himno representa una glorificación de la persona del Zar y una exaltación de su naturaleza como protector del pueblo y la iglesia rusa. En su letra se puede observar en toda su plenitud la doctrina que el ministro Serguei Uvarov (1786 – 1855) proyectó en 1833 como estructura fundamental del régimen zarista: “autocracia, ortodoxia y nacionalismo”. El zar como autócrata disponía de un poder ilimitado, es decir, no existían contrapoderes o asambleas que limitasen ni siquiera mínimamente su autoridad (a diferencia de las monarquías absolutistas europeas). Es como se índica en el texto del himno, fuerte y soberano, él gobierna para la gloria de todas las Rusias. Como zar ortodoxo, el monarca ejercía como guardián y protector de la iglesia rusa, en cuya organización influía decisivamente al ejercer como supervisor del Santo Sínodo que gobernaba la Ortodoxia. De este modo los zares entroncaban con la tradición cesaropapista que se impuso en Bizancio, a diferencia de la separación entre poder temporal y espiritual que acabaría rigiendo en el orbe occidental.  Por último y como ya se ha indicado, el principio del nacionalismo se asociaba directamente a la identificación de la patria con el Zar, esencia suprema de lo ruso. Por lo tanto, en un himno breve y conciso, se planteaba todo una idea del estado típicamente oriental y divergente con las revoluciones liberales y nacionalistas que proliferaron durante el siglo XIX en Europa.

Dios salve al Zar se mantuvo inalterable e inalterado, como la misma monarquía de los Romanov, hasta que la Revolución de Febrero de 1917 forzase la abdicación de Nicolás II (1868 – 1918) y el establecimiento de un Gobierno Provisional presidido por el príncipe Georgi Lvov (1861 – 1925), quien prestamente sería sustituido por Alexander Kérensky (1881 – 1970). La situación que surgió en Rusia tras la extinción del poder zarista distaba mucho de ser ordenada. El poder del estado gravitó en torno a dos polos totalmente divergentes en cuanto a objetivos y línea ideológica. Por un lado el Gobierno, controlado por liberales y socialistas moderados, y por otro lado el Soviet de Petrogrado que paulatinamente pasaría a estar dirigido por los bolcheviques de Vladimir Uliánov, Lenin (1870 – 1924). Por esta razón los meses que transcurrieron entre la Revolución de Febrero y la de Octubre, en la cual los bolcheviques conquistan el Estado, es un periodo tremendamente convulso marcado por un conflicto político virulento. La lucha por el poder que durante los últimos años de la monarquía había unido a diferentes facciones políticas hizo que en los días que siguieron al derrocamiento del Zar, se tratase de llegar a consensos y uno de ellos fue la elección del nuevo himno.

Manifestacion ciudadana durante la revolución rusa de febrero de 1917

Manifestación masiva durante la Revolución de Febrero de 1917. Petrogrado.

El símbolo de la nueva Republica sería la Marsellesa, la célebre canción revolucionaria francesa, por lo que las nuevas autoridades establecían un vínculo histórico tangible entre los revolucionarios franceses que se alzaron en 1789 y los nuevos revolucionarios rusos que habían logrado fulminar el zarismo. Sin embargo no era la misma Marsellesa. En 1875, sobre la música del himno francés, el poeta ruso Piotr Lavrov (1823 – 1900) había escrito una nueva canción que exaltaba los ideales socialistas y radicales. No hay que olvidar que el Gobierno también estaba integrado por socialistas y mencheviques que garantizaban un apoyo fundamental a las autoridades liberales contra la oposición bolchevique. Por lo tanto, La Marsellesa Obrera compuesta por Lavrov acabaría imponiéndose como símbolo de la Rusia republicana pese a las críticas de Lenin y sus seguidores que la consideraban, musicalmente, como un símbolo universal de la revolución burguesa y capitalista, aunque su letra destilase espíritu combativo.

Levantémonos de una vez hermanos,

Desde el rio Dniéper al mar Blanco,

Y desde el Volga hasta el lejano Cáucaso

Contra los ladrones, los perros, los ricos

Y contra el perverso vampiro del Zar

Abate y destruye a los asesinos malditos

Comienza a brillar el

Despuntar de una vida mejor.

¡De pie, sublévate pueblo obrero!

En estos versos se puede apreciar la naturaleza popular del himno y sobre todo su carácter nacional ruso, al mentar los límites naturales en los que se extendía el antiguo Imperio, aunque ucranianos y georgianos, por poner algún ejemplo, podrían poner alguna pega. Es perceptible el cambio de actitud hacia el Zar, de padre de la patria y protector de Rusia ha pasado, en unas décadas, a ser considerado un vampiro que se nutre con la sangre de su pueblo. Este carácter antimonárquico y obrerista, unido a la debilidad intrínseca de un Gobierno sumido en la anarquía provocó que el general Lavr Kornilov (1870 – 1918) impulsase un golpe de Estado contrarrevolucionario que pusiese fin al nuevo régimen. El resultado no pudo estar más alejado de sus intenciones, ya que la amenaza de Kornilov soliviantó aun más los ánimos bolcheviques y tras la Revolución de Octubre, Lenin se hace con el poder en Rusia, proclamando una república soviética y socialista.

El lider revolucionario ruso Vladimir Lenin

Lenin y sus asombrosos poderes hipnóticos.

Para Vladimir Lenin y Lev Trotsky (1879 – 1940) la revolución en Rusia constituía la primera victoria en una guerra internacional que debía desplazarse hacia el oeste, hacia la Europa burguesa que se estaba desangrando en una guerra inhumana desatada, en opinión de los líderes bolcheviques, por las contradicciones esenciales del capitalismo. Por lo tanto, el nuevo himno que la Rusia soviética debía darse tendría que estar en sintonía con la solidaridad de clase, sin atender a fronteras políticas, étnicas o culturales, es decir debía tener una vocación internacionalista, por lo que resultaba obvia la elección: La Internacional (versión comunista, por supuesto). Esta canción emblemática del movimiento obrero, con letra del francés Eugène Pottier (1816 – 1887) y música del belga Pierre De Geyter (1848 – 1932), será traducida al ruso por Arkady Kots (1872 – 1943), convirtiéndose desde 1919 en el nuevo himno ruso, tras la celebración en Petrogrado (después Leningrado) del I Congreso de la Tercera Internacional.

Arriba, parias de la Tierra!

¡En pie, famélica legión!

Atruena la razón en marcha:

es el fin de la opresión.

Del pasado hay que hacer añicos.

¡Legión esclava en pie a vencer!

El mundo va a cambiar de base.

Los nada de hoy todo han de ser.

Agrupémonos todos,

en la lucha final.

El género humano

es la internacional.

El marxismo-leninismo que se convertirá en la nueva doctrina ideológica sobre la que se fundamentará la Rusia soviética. En un principio Lenin trató de impulsar la colectivización productiva y la nacionalización de la industria, buscando erradicar en el medio plazo cualquier atisbo de economía capitalista en Rusia. En esta lucha, la clase obrera debía de adoptar el papel de vanguardia de la sociedad, adoptando un rol protagonista en la lucha revolucionaria frente al capital para lograr instaurar una dictadura proletaria articulada políticamente en los soviets obreros. Para garantizar el éxito de la Revolución las bases trabajadoras debían de establecer una alianza con el campesinado y otros sectores, pero el fracaso de Lenin en este sentido fue evidente, lo cual será apreciable durante la cruenta Guerra Civil que afectó al país desde 1918 a 1921. Lo crudo del conflicto contra el Ejército Blanco (monárquico) y los continuos problemas que generaba la implantación radical de un sistema de planificación obligaron a Lenin a replantear su estrategia, aprobando la implantación de una Nueva Política Económica que protegía un elemental sistema de mercado.

Para el líder bolchevique el principal problema que existía en Rusia era la propia Rusia ya que la juzgaba subdesarrollada y por lo tanto inmadura para adoptar el comunismo. Siguiendo el esquema dialectico hegeliano, el capitalismo debía ser sustituido por el socialismo y este finalmente dar paso al comunismo; pero en Rusia el capitalismo no había concluido su ciclo existencial lo que alteraba todo el proceso histórico. De esta forma Lenin se veía incapaz de concebir una Rusia soviética que no contase con el apoyo de más países sovietizados que la ayudasen a modernizarse, por lo que el internacionalismo militante se debía hacer consustancial al estado ruso. Lenin trató de apoyar las revoluciones comunistas de Alemania y Hungría, pero en ambos países la contrarrevolución terminó venciendo. Derrotado en el exterior, Lenin, apoyado tenazmente por Trotsky y el Ejército Rojo, impondrá la sovietización en todo el territorio tras la victoria bolchevique en la guerra civil. Finalmente, en 1922 se proclamaba la fundación de la Unión de Republicas Soviéticas Socialistas, integrada por las republicas soviéticas y socialistas de Rusia, Ucrania, Bielorrusia y Transcaucasia. El himno del nuevo estado sería La Internacional y así continuaría siendo tras la muerte de Lenin en 1924 y la macabra consolidación de Stalin (1878 – 1953) en el poder, quien optaría por otra vía de desarrollo político: “el socialismo en un solo país” adoptado en el XIV Congreso del PCUS (1925). El internacionalismo había muerto.

     Continuará.

El Acorazado Potemkin Eisenstein revolucion rusa

Fotograma de la película El Acorazado Potemkin, símbolo de la Revolución bolchevique. Serguei Eisenstein.

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