Las auténticas memorias austrohúngaras


El emperador Francisco José I desfila en Viena

Cortejo imperial de Francisco José I. Viena. 1898

¡Austria-Hungría! Quizás sea lo dual, quizás la fonética atractiva del adjetivo austrohúngaro, pero la verdad es que este viejo imperio siempre ha despertado mi curiosidad y creo que la de mucha más gente,  incluido el mismísimo Luis García Berlanga (1921 – 2010). Para el director valenciano, lo austrohúngaro era algo más allá del guión, era un concepto fetiche que debía estar presente en todos y cada uno de sus largos. No pretendo ser tan obsesivo, ni tampoco resucitar viejas glorias, pero lo cierto es que puede resultar interesante profundizar un poco en la idea austrohúngara. Posiblemente en el imaginario colectivo la monarquía de Francisco José I (1830 – 1916) queda irremediablemente vinculada a unos amores imperiales, un sello indie, los elegantes valses vieneses y la entrañable  marcha Radetzki que cierra los, un tanto kitsch, conciertos de Año Nuevo, tradición inevitable de las resacas de Nochevieja. Ahora el Imperio es Historia pero puede ser grato acercarse a él a través de la memoria de dos escritores que años después de la desaparición de el vetusto estado, lo rememoraron como esencia de sus obras. Son dos interpretaciones totalmente divergentes, pero con algunos puntos comunes, dos historias o mejor dicho dos recuerdos de dos personas muy diferentes, así que vamos metiéndonos en harina.

El primer invitado a esta velada de la austrohungaridad es Robert Musil (1880 – 1942), escritor, ingeniero y filosofo nacido en un Klagenfurt, un pueblo de Carintia no muy distante de Viena. De natural curioso, se trasladó tempranamente a la capital imperial para integrarse en la vida castrense, pero hastiado de la disciplina militar decidió matricularse en la escuela de ingenieros de la Universidad de Viena. Tras doctorarse con una tesis dedicada a la obra del físico Ernst Mach (1838 – 1916), se trasladará a Berlín para estudiar psicología y lógica matemática. En 1906 debutó como novelista publicando Los extravíos del colegial Törless, al que seguirán otras obras como Uniones (1911) o Los alucinados (1921). Sin embargo su obra más importante será El hombre sin atributos, posiblemente una de las novelas más complejas e inabordables de la historia de la literatura. Fue escrita entre 1930 y 1942  pero jamás fue concluida al fallecer el escritor ese mismo año, por lo que es, en si misma, un testamento intelectual del propio autor.

El protagonista de la novela es Ulrich Anders, alter ego reconocible del propio Robert Musil, un individuo diletante, sumido en la duda continua, la indecisión y la confusión más absoluta; todos ellos síntomas que amenazaban al Imperio Austrohúngaro en los albores de la Gran Guerra. Ulrich está dominado por la abulia, la reflexión y el temor a ser devorado por la acción; es como lo definen varios personajes de la obra un perfecto hijo de su tiempo. El protagonista se revela como un pensador compulsivo, que trata de concretarse en algo: militar, físico, psicólogo, filosofo… pero incapaz de hacerlo, renuncia a todo ello derrotado por su incapacidad para definirse. Todos sus planteamientos son confusos, tratando de ser ciertos y falsos al mismo tiempo, lo que conduce su vida hacia el caos intelectual. Ulrich es Musil, y este es Austria-Hungría; un mundo transicional entre lo antiguo y lo contemporáneo, la fortaleza y la debilidad, en definitiva la potencia y el acto, todo ello sumido en la incertidumbre y el naufragio de una época que danzaba sobre el volcán.

Musil prefiere negar la semántica grotesca de Austria-Hungría inventando un nuevo nombre para su país: Kakania, un termino que, obviando las alusiones escatológicas que pueda tener para un castellanoparlante, hacía referencia a la doble K de la monarquía Habsburgo kaiserlich und königlich (imperial, por Austria, y real por Hungría). Un mundo nuevo repleto de atavismos y vejez:

“Allí, en Kakania, aquella nación incomprensible y ya desaparecida, que en tantas cosas fue modelo no suficientemente reconocido, allí había también velocidad, pero no excesiva. Cuantas veces se pensaba desde el extranjero en este país, se soñaba en los caminos blancos, anchos y cómodos del tiempo de los viajes a pie y de las diligencias, con bifurcaciones en todas direcciones semejando canales regulados y galones de claro cutí en los uniformes, estrechando las provincias con el abrazo del papeleo administrativo. ¡Y qué comarcas! Mares y glaciares, el Carso, Bohemia con sus campos de grano, las costas adriáticas con el chirrido de inquietos grillos, aldeas eslovacas donde el humo salía de las chimeneas como de los aleros de una nariz respingona, y el pueblecito agazapado entre dos colinas como si hubiera abierto la tierra sus labios para calentar entre ellos a su criatura. Por estas carreteras, naturalmente, también rodaban automóviles, pero no demasiados. Aquí se preparaba, como en otras partes, la conquista del aire, pero sin excesivo entusiasmo. De cuando en cuando se enviaba algún barco a Sudamérica o al Asia oriental, pero no muchas veces; se tenía asiento en el centro de Europa donde se intersecaban los antiguos ejes del continente; las palabras colonia y ultramar sonaban como algo lejano y desconocido. El lujo crecía, pero muy por debajo del refinamiento francés. Se cultivaba el deporte, pero no tan apasionadamente como en Inglaterra. Se concedían sumas enormes al ejército, pero sólo cuanto necesitaba para figurar como la segunda más débil de las grandes potencias. También la capital era un poco más pequeña que todas las otras metrópolis del mundo, pero algo más grande de lo que suele constituir una gran ciudad. E1 país estaba administrado por un sistema de circunspección, discreción y habilidad, reconocido como uno de los sistemas burocráticos mejores de Europa, al que sólo se podía reprochar un defecto: para él genio y espíritu de iniciativa en personas privadas, sin privilegio de noble ascendencia o de cargo oficial, era incompetencia y presunción. Pero, ¿a quién le gustaría dejarse guiar por desautorizados? En Kakania el genio era un majadero, pero nunca, como sucedía en otras partes, se tuvo a un majadero por genio. Cuántas cosas interesantes se podrían decir de este Estado hundido de Kakania. Era, por ejemplo, imperial-real, y fue imperial y real; todo objeto, institución y persona llevaba alguno de los signos KK. o bien Ku.K., pero se necesitaba una ciencia especial para poder adivinar a qué clase, corporación o persona correspondía uno u otro título. En las escrituras se llama Monarquía austro-húngara; de palabra se decía Austria, con un término, pues, que se usaba en los juramentos de Estado, pero se conservaba en las cuestiones sentimentales, como prueba de que los sentimientos son tan importantes como el derecho público, y de que los decretos no son la única cosa del mundo verdaderamente seria. Según la Constitución, el Estado era liberal, pero tenía un gobierno clerical. El gobierno era clerical, pero el espíritu liberal reinaba en el país. Ante la ley, todos los ciudadanos eran iguales, pero no todos eran igualmente ciudadanos. Existía un Parlamento que hacía uso tan excesivo de su libertad que casi siempre estaba cerrado; pero había una ley para los estados de emergencia con cuya ayuda se salía de apuros sin Parlamento, y cada vez que volvía de nuevo a reinar la conformidad con el absolutismo, ordenaba la Corona que se continuara gobernando democráticamente.”

Escritor Robert Musil autor de El Hombre sin Atributos

Robert Musil pensando en sus cosas.

Ulrich trata de anclarse en una realidad, la Acción Paralela (trasunto patriótico de la I Guerra Mundial), pero es incapaz de perseverar, se aburre y no lo percibe como algo propio. No puede ir más allá de si mismo y la cuestión que Musil plantea es que verdaderamente era este el carácter del antiguo imperio.

“Se procedía en este país —y hasta los últimos grados de la pasión y sus consecuencias— siempre de distinto modo de como se pensaba, o se pensaba de un modo y se obraba de otro. Observadores desconocedores de la realidad calificaron este fenómeno de cortesía o de debilidad, atribuidas siempre al carácter austriaco. Pero eso era falso, como falso es definir las manifestaciones de un país simplemente por el carácter de sus habitantes. Un paisano tiene por lo menos nueve caracteres: carácter profesional, nacional, estatal, de clase, geográfico, sexual, consciente, inconsciente y quizá todavía otro carácter privado; él los une todos en sí, pero ellos le descomponen, y él no es sino una pequeña artesa lavada por todos estos arroyuelos que convergen en ella, y de la que otra vez se alejan para llenar con otro arroyuelo otra artesa más. Por eso tiene todo habitante de la tierra un décimo carácter y éste es la fantasía pasiva de espacios vacíos; este décimo carácter permite al hombre todo, a excepción de una cosa: tomar en serio lo que hacen sus nueve caracteres y lo que acontece con ellos; o sea, en otras palabras, prohíbe precisamente aquello que le podría llenar. Este espacio, reconocido como difícil de describir, tiene en Italia colores y forma distintos que en Inglaterra porque eso que se destaca en él tiene allí otra forma y otro color, y es en una y otra parte el mismo espacio vacío e invisible en cuyo interior está la realidad, como una pequeña ciudad de piedra de un juego de construcciones infantil, abandonada por la fantasía.

Si hay alguien que tenga buena vista podrá ver que lo sucedido en Kakania fue precisamente eso, y en eso era Kakania, sin que lo supiera el mundo, el Estado más adelantado; era el Estado que se limitaba a seguir igual, donde se disfrutaba de una libertad negativa, siempre con la sensación de no tener la propia existencia suficiente razón de ser; allí se fantaseaba sobre lo no realizado o, al menos, sobre lo no irrevocablemente realizado, bañándolo todo como con el soplo húmedo de los océanos de donde ha surgido la humanidad. “Ha pasado esto o aquello”, se decía en Kakania, mientras otros, en alguna otra parte, creían que se había producido un fenómeno milagroso; era una expresión privativa que no se daba ni en alemán ni en ningún otro idioma; al pronunciarla, las realidades y los reveses del destino se hacían tan ligeros como plumas y pensamientos. Sí, a pesar de todo lo que se diga en contra, Kakania era un país de genios, y probablemente esta fue la causa de su ruina.”

Todo era contradicción e imposibilidad ontológica. Austria-Hungría no podía ser porque era toda ella un enorme símbolo de interrogación que desde hacía décadas flotaba en el mar de la historia sin un rumbo claro, generando una sociedad que bajo carcasas antiquísimas mutaba hacia lo desconocido y progresivamente iba perdiendo cualquier atributo que la hiciese reconocible. Los hallazgos de Sigmund Freud (1856 – 1939) con respecto a la naturaleza humana y el paulatino alejamiento del mundo que muchos austrohúngaros comenzaban a sentir acabaría generando personajes como Ulrich incapaces de comprender que era ser mas allá de la tribulación eterna.

Esta deshumanización se plasma magistralmente en el comienzo de la novela, donde Musil, de forma totalmente aséptica y en gran medida ahistórica, recurre a la naturaleza diseccionada por la ciencia.

“Sobre el Atlántico avanzaba un mínimo barométrico en dirección este, frente a un máximo estacionado sobre Rusia; de momento no mostraba tendencia a esquivarlo desplazándose hacia el norte. Los isotermos y los isóteros cumplían su deber. La temperatura del aire estaba en relación con la temperatura media anual, tanto con la del mes más caluroso como con la del mes más frío y con la oscilación mensual aperiódica. La salida y la puesta del sol y de la luna, las fases de la luna, Venus, del anillo de Saturno y muchos otros fenómenos importantes se sucedían conforme a los pronósticos de los anuarios astronómicos. El vapor de agua alcanzaba su mayor tensión y la humedad atmosférica era escasa. En pocas palabras, que describen fielmente la realidad, aunque estén algo pasadas de moda: era un hermoso día de agosto del año 1913”.

Quizás esta fría descripción de lo que otros llamarían una esplendorosa mañana, constituía lo único cierto en un Imperio aparente, a la deriva y sumido en sus propias contradicciones existenciales.

escritor joseph roth autor de la marcha radetzki

Mi nombre es Roth, Joseph Roth.

Otra memoria de Austria-Hungría es la que representa Joseph Roth (1894 – 1939), un escritor judío natural de Brody, Galitzia, región de los confines orientales del Imperio. En este territorio poblado mayoritariamente por polacos y ucranianos, el alemán, la lengua materna de Roth, era tan ajena como propio era el antisemitismo que tuvo que sufrir desde muy joven. El alemán era el idioma de los judíos y de la burocracia imperial que a su vez era un símbolo del emperador Francisco José I, verdadera patria del austrohúngaro y único nexo de unión que mantenía viva la gigantesca monarquía centroeuropea. Para Roth, la desintegración del Imperio en 1919 supuso un verdadero trauma que contempló mientras servía en el ejército y trataba de asimilar la derrota en la Gran Guerra. Tras el final del conflicto la insoportable sensación de haber perdido un hogar se abatió sobre el escritor. Roth vagó por Europa ejerciendo como periodista y abandonándose a la bebida, mientras continuaba escribiendo grandísimas novelas como Hotel Saboya (1924), Zipper y su padre (1928) o Job (1930). A partir de 1933 su vida estará condicionada por el exilio al que se verá sometido por el antisemitismo nazi y el de sus simpatizantes en Austria asentándose, un tanto inestablemente en París, ciudad en la que morirá en 1939 afectado por el delirium tremens.

La carencia de una patria, entre las muchas que surgieron tras la descomposición de 1919, acompañó siempre a Roth mientras buscaba afanosamente entre sus recuerdos aquel mundo perdido que sintió como verdaderamente suyo. Esta Austria-Hungría no es como la de Musil, brumosa, indeterminada e impersonal, sino una realidad tangible que vivía en el Emperador y en los lugares más insospechados: los límites de si misma. Para el escritor galitziano, el Imperio no podía vivir en la despreocupada aristocracia vienesa, ni en su arrogante burguesía, tampoco en la nacionalista Hungría, lo austrohúngaro existía en lo humilde y alejado, en lo multinacional y lo primario:

“Evidentemente son los eslovenos, los galitzianos y los rutenos de Polonia, los judíos con caftán en Borislav, los chalanes de Bacska, los musulmanes de Sarajevo, los vendedores de castañas de Mostar, quienes cantan el himno del emperador. Pero los estudiantes de Brno de Eger, los dentistas, farmacéuticos, peluqueros, artistas fotográficos de Linz, Graz, Knittelfeld, los enfermos de bocio de nuestros valles alpinos, ellos cantan todos la “Wacht am Rhein” (himno pangermanista). Señores, Austria reventará de esta fidelidad a los nibelungos teutones. La quintaesencia de Austria no se descubre en el centro del Imperio sino en la periferia.

Este texto de la novela La Cripta de los Capuchinos (1938) es suficientemente claro al respecto, a la vez que sirve como denuncia de la peligrosa alianza que había sellado los destinos del Imperio Alemán y el Austrohúngaro. En torno a su Apostólica Majestad, todos los pueblos de su Monarquía debían sentirse iguales y propietarios de un destino superior y único. Este pensamiento utópico acabará marchitándose en las fronteras y restricciones que tanto denunciará Stephan Zweig (1881 – 1942) (otro gran memorialista austrohúngaro) tras el final de la I Guerra Mundial.

Ciudad de Sarajevo antes de la I Guerra Mundial

En los confines del Imperio. Sarajevo en 1913. En esta ciudad fue asesinado el archiduque Francisco Fernando, heredero del trono imperial en 1914, hecho que desencadenaría la Gran Guerra.

Roth, geográfica y socialmente periférico (un judío en un mundo antisemita), sentía los símbolos imperiales como las manifestaciones más puras de su patria, un espacio que se extinguirá de la realidad pero que tratará de mantener vivo en sus novelas y particularmente en La Marcha Radetzki (1932) y la ya mencionada, La Cripta de los Capuchinos. En ambas obras los protagonistas pertenecen a una familia ficticia, los Trotta, una estirpe de campesinos eslovenos ennoblecida por Francisco José  I a raíz de un incidente acecido en la batalla de Solferino (1859), en la que el patriarca familiar salvó la vida del emperador. Los protagonistas de estas obras son trasuntos de Roth que viven en el fantasma austrohúngaro, un mundo idealizado que es patria del antipatriotismo, nación antinacionalista, en definitiva, un ente superior del que afirmaría que “fue la única supernación que existió en el mundo”.

A diferencia de la metafórica Kakania de Musil, Roth no teme reclamar abiertamente dos símbolos esenciales del Imperio derruido. Por un lado la marcha Radetzki (compuesta por Johann Strauss I en 1848), representa en la novela la quintaesencia de lo Habsburgo, su presencia en la narración representará un leitmotiv que marcará indefectiblemente la vida y la muerte de los Trotta. Por otro lado la Cripta de los Capuchinos de la vienesa iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles, es el lugar donde reposan los restos mortales de la familia imperial. En este espacio tan simbólico, ante el sepulcro de Francisco José I, el último Trotta llorará el paraíso perdido mientras los nazis consuman el Anschluss. Definitivamente Austria se había perdido y con ella una cierta idea de Arcadia.

“En aquel tiempo, antes de la Gran guerra, cuando sucedían las cosas que aquí se cuentan, todavía tenía importancia que un hombre viviera o muriera. Cuando alguien desaparecía de la faz de la tierra, no era sustituido inmediatamente por otro, para que se olvidara al muerto, sino que quedaba un vacío donde él antes había estado, y los que habían sido testigos de su muerte callaban en cuanto percibían el hueco que había dejado. Si el fuego había devorado una casa en alguna calle, el lugar del incendio permanecía vacío por mucho tiempo, porque los albañiles trabajaban con lentitud y circunspección, y los vecinos, a los que pasaban casualmente por la calle, recordaban el aspecto y las paredes de la casa al ver el solar vacío. Así eran entonces las cosas. Todo cuanto crecía, necesitaba mucho tiempo para crecer, y también era necesario mucho tiempo para olvidar todo lo que desaparecía. Pero todo lo que había existido dejaba sus huellas y en aquel tiempo se vivía de los recuerdos, de la misma forma que hoy se vive para olvidar rápida y profundamente”.

En este texto de La Marcha Radetzki, Roth añora no una idea imperio si no una actitud y una ética vital que se había extinguido entre los vapores de la modernización y el humo de la guerra. A diferencia de Musil, para Roth el Imperio representaba un sentido existencial y un valor en si mismo, con su ocaso desaparecía también su razón de ser. Tal y como Francisco Fernando Trotta (el mismo nombre que el del heredero imperial asesinado en Sarajevo en 1914) piensa delante de la tumba del Emperador “Y ahora, ¿a dónde puedo ir yo, un Trotta? 

Finalizo este post pecando de ultramontano al recordar la bellisima melodía de Franz Joseph Haydn (1732 –  1809) que sirvió para componer el himno del emperador: Gott erhalte Franz den Kaiser. Así es como termina el recuerdo y comienza la Historia.

Gustav Klimt con alta sociedad austrohungara a comienzos siglo XX

Alta sociedad austrohúngara. Klimt se lo pasa genial rodeado de mujeres.

        De verdad que merecen una ojeada:

  1. El hombre sin atributos. Robert Musil, Seix Barral, 2004.
  2. La marcha Radetzki. Joseph Roth, Edhasa, 2007
  3. La cripta de los Capuchinos. Joseph Roth, Acantilado, 2002.
  4. El mundo de ayer: memorias de un europeo. Stephan Zweig, Acantilado, 2002.
  5. El genio austrohúngaro: Historia social e intelectual (1848 – 1938). William Johnston. KRK ediciones, 2009.
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