Un biopic de Eduardo Chillida


Fotografia de Eduardo Chillida

Eduardo Chillida. 1924 – 2002.

Los últimos años se han convertido en la edad dorada de las conmemoraciones. La efeméride ya no es anecdótica y se ha transformado en un fin en si mismo, ha dejado de ser un instrumento del recuerdo al adquirir carta de naturaleza, una esencia que propicia la transformación de la memoria o la construcción de la misma. No obstante pese a los problemas que actualmente plantea la saturación de fechas emblemáticas, la efeméride alumbra en muchas ocasiones rincones olvidados de forma inmerecida y además yo no quiero ser menos y me gustaría cultivar este género en este mi blog. Por lo tanto, a través de esta entrada me gustaría honrar un aniversario que ha resultado un poco publicitado… me gustaría recordar a Eduardo Chillida (1924 – 2002) a los diez años de su muerte.

Y lo primero que acude a mi cuando evoco a Chillida es un verso de Jorge Guillén (1893 – 1984): lo profundo es el aire, el mismo que el artista vasco escogió para honrar a su amigo vallisoletano. Más allá es el poema, más allá es el lugar o el no lugar en donde se encuentran ciertas bellezas huidizas y es allí en donde Chillida y Guillén se reconocieron. Este poema, primero del Cántico, es una guía abierta e involuntaria hacia la obra del escultor. Este creador de espacios se retrata en el vacio inabarcable de los versos que atrozmente rasgan la memoria. Aunque la escultura lo profundo es el aire no es muy conocida fuera de Valladolid (aunque por desgracia tampoco lo es dentro) es en si misma un microcosmos útil para comprender la voz de Chillida, a la vez que  servía para cerrar un circulo abierto una tarde de 1942.

Eduardo Chillida nació en San Sebastián en 1924 y desde muy joven se interesó por el espacio y las formulas para modificarlo tal y como demostró en 1942, cuando decidió matricularse en arquitectura en la Universidad Politécnica de Madrid. Pero una pasión latía con más fuerza en su pecho o, mejor dicho, en sus piernas: ¡el fútbol! El mismo año que comenzó sus estudios superiores debutó en segunda división con la Real Sociedad, el equipo de su tierra (y de su padre, pues Pedro Chillida era el presidente), ocupando la portería durante catorce partidos. El decimoquinto nunca llegó porque el 14 de febrero de 1943 en el pucelano estadio José Zorrilla el delantero del Real Valladolid, Sañudo, y el guardameta donostiarra chocaron al pugnar un balón peligroso en el área de la Real. El partido terminó 1-3 a favor de los vascos, con una actuación notable de Chillida, pero meses después el portero txuri-urdin se lesionó en un amistoso contra el Real Madrid. Varias operaciones de rodilla después, Chillida anunció su retirada añadiendo amargamente que el principio del fin fue el fatídico golpe con Sañudo. ¿Cómo pudo aguantar varios meses con una “triada” en potencia? Lo desconozco, pero lo cierto es que Sañudo debe ser recordado por haber sido la matrona de uno de los grandes artistas del siglo XX.

Atotxa antiguo estadio de futbol de la real sociedad de san sebastian

Antiguo estadio de Atotxa. En este lugar jugaba la Real Sociedad de Chillida

El desengaño del futbol y la desidia con la que afrontaba sus estudios condujeron a que Chillida se abandonase con mayor frecuencia al dibujo, frecuentando el Círculo de Bellas Artes de Madrid en donde comenzará su aprendizaje artístico. Buscando desarrollar su potencial, Chillida decidirá abandonar la España de la autarquía en 1948 buscando la inspiración en un París dolorido por la II Guerra Mundial pero, como siempre, rebosante de ideas, inspiración, inspiradores y deliciosos croissants. En la ciudad del Sena el artista donostiarra conocerá a un paisano igual de genial, Jorge Oteiza (1908 – 2003), el otro gran exponente de la escultura vasca contemporánea y durante muchos años némesis de Chillida, al cual acusó de plagió en varias ocasiones. En París también tomará contacto con la obra de Constantin Brancusi (1876 – 1957), quien renovó la escultura buscando la síntesis de la forma perfecta. El nuevo lenguaje propuesto por el rumano maridará con la fuerza telúrica del estatuario griego arcaico expuesto en el Louvre y el nuevo organicismo abstracto impulsado por el británico Henry Moore (1898 – 1986), quien también estaba en la capital francesa. A través de su aprendizaje Chillida comenzará a desarrollar una vía propia hacia la abstracción y la reformulación del espacio y la conceptualización del vacío como arte. Tanto lo material como lo inmaterial son elementos de la alteridad topográfica del nuevo horizonte abierto por Chillida.

Precisamente la infinita línea del horizonte es donde Chillida encontraba su no lugar predilecto, un espacio ausente de frontera que él identificaba con el vacío: “no es existente, no existe”; por esta razón lo llegó a considerar la verdadera patria del ser humano. La frontera, el limes, constituye un referente continuo en los trabajos del artista y su presencia se dilatará desde sus obras de finales de los 50’s hasta prácticamente su muerte, siendo el mejor ejemplo de ellas el monumental Elogio del Horizonte erigido en Gijón en 1990. Aunque esta obra representa la materialización más perfecta de estas concepciones, ideas semejantes guiaron otros elogios como los del aire y el agua.

Esta búsqueda de no lugares o de espacios metafísicos era en si misma un tanto paradójica al depender del hallazgo de materiales que los hiciesen realidad. A partir de la década de 1950 Chillida comenzará a experimentar con el hierro forjado y el trabajo de fragua, emparentando dos conceptos permanentemente conflictivos: arte y artesanía, a la vez que diluía toda frontera existente al sacralizar la fragua como generadora de significado. En el negro del hierro Chillida se rencontró con su hogar al establecer un vínculo sólido con la arraigada tradición metalúrgica vasca. Al calor del horno el hierro vivía en el vapor, el fuego y la furia desatada del yunque y el martinete, consumando la metamorfosis alquímica a la que aspiraba el artista. En 1951, el mismo año de su regreso al País Vasco, Chillida creará su primera escultura de hierro forjado, Ilarik, y en 1957 ofrecerá al mundo una de sus obras fundamentales Ikaraundi.

Escultura Ikaraundi Chillida Hernani

Ikaraundi. Eduardo Chillida. Museo Chillida-Leku. Hernani

La redención artística través del trabajo manual determinaría uno de los iconos del arte de Chillida: las manos. La mano en cierta forma define a los seres humanos. ¡Qué sería de nosotros sin nuestro apañado pulgar prensil que nos otorgó una importante ventaja evolutiva! Además uno de los testimonios más estremecedores que la prehistoria nos ha legado son las numerosas pinturas rupestres en las que aparecen manos marcadas en positivo y en negativo, quizás avanzando conceptos de vacío y espacio, de presencia y ausencia. Chillida reflexiona sobre estos significados y su relación con las manos y sus movimientos destinados vanamente a asir un espacio que puede ser o no ser. Manos abiertas y cerradas, surcos en la piel marcados por el tiempo y el trabajo, plasmado todo ello en los dibujos y bocetos del artista.

La profundidad intelectual de los trabajos de Chillida se ensanchará notablemente en la década de los 60’s, periodo en el que el artistas comenzara a reflexionar sobre los conceptos que más le obsesionan: vació y espacio. Estas elucubraciones experimentaran un momento de inflexión en 1968, año en el que el Martin Heidegger (1889 – 1976) conoce las esculturas y grabados del guipuzcoano en una galería suiza. Ambos personajes iniciaran una fructífera amistad que se plasmará en un obra tremendamente interesante titulado Die Kunst und der Raum (El arte y el espacio) uno de los tratados artísticos más importantes del siglo XX. Para Heidegger, un metafísico especialmente preocupado por el Tiempo, Chillida y él comprendían el espacio de una forma similar pues para ambos las cosas son en si mismas lugares y la escultura no era más que la realización de diferentes espacios. El filosofo alemán señaló en este texto la existencia de tres tipos de espacios: espacio como objeto presente, espacio que envuelve y el espacio involucrado por los volúmenes de la escultura. Es esta tercera categoría con la que Chillida se sentirá más identificado ya que para él era mucho más importante el vacío entre medias que el vacío alrededor o como lo definiría Octavio Paz (1914 – 1998) trampas para apresar lo inaprensible: el viento, el rumor, la música, el silencio… En definitiva, el vacío de Chillida se puede peinar, agarrar, sentir, porque ha abandonado la categoria de no ser, para simplemente ser.

Escultura Chillida peine de los vientos San Sebastian Donostia

Peine de los Vientos. Eduardo Chillida. San Sebastián/Donostia

A partir de los años 60’s, tras su particular edad del hierro, Chillida comenzará a experimentar con nuevos materiales como la madera, el alabastro, el hormigón y el granito, a la vez que su prestigio se iba incrementando. Su primera gran exposición en París, en 1961 coincidió con el inicio de las hostilidades con Oteiza, conflicto que se prolongaría durante tres décadas y que finalmente acabaría con una reconciliación publica en 1997. En sus años de plenitud artística Chillida tratará de inspirarse en la naturaleza para crear espacios pero también buscará interactuar con ella como demuestra en su obra más emblemática El peine de los vientos de San Sebastián (1977). Este conjunto escultórico integrado por tres estructuras de acero corten (antes de que se pusiera de moda en todas las obras y monumentos de carácter público) se convirtió en el símbolo de la ciudad y encumbró definitivamente a Chillida como representante genuino del nuevo arte vasco. Después sería incorporado a una serie de monedas de 25 pesetas sobre capitales provinciales de las que guardo un grato recuerdo.

La dictadura franquista había terminado y una nueva elite política se preparaba para heredar el poder y construir un nuevo discurso basado en los principios de la Constitución del 78’, el Estado Autonómico y un elemento un tanto abstracto conocido como “espíritu de la transición.” Desde la perspectiva actual cuesta valorar cuál de estos tres pilares está más quebrado, pero esta es otra cuestión. El éxito de Chillida a nivel internacional, su carácter afable y su afán por explorar nuevas formas de expresión artística hizo de él el artista fetiche en la España de los 80’s. Sus obras monumentales de hormigón comenzaron a erigirse en multitud de lugares, pero será en Euskadi en donde la obra del escultor conozca una mayor fortuna como un elemento de integración y construcción de los nuevos símbolos de una cultura vasca que buscaba una vía de proyectarse hacia la modernidad. Un buen ejemplo de este sentir es la Plaza de los Fueros de Vitoria, en donde el artista donostiarra trabajó con el arquitecto Luis Peña Ganchegui (1926 – 2009) logrando un impactante espacio urbano en la capital alavense.

No obstante la obra más importante de este periodo tanto por su significado identitario y como por el cultural es el Gure Aitaren Etxea (La casa del padre) de Guernica, un monumento en acero y hormigón que debía de servir para conmemorar el 50º aniversario del deleznable bombardeo que arrasó la ciudad durante la Guerra Civil. Aunque sea la tragedia la razón de la obra, el propio autor reconoció que prefirió mirar hacia el futuro y crear un símbolo de paz mediante el dialogo de su arte con la tradición que representaba el vecino árbol foral, el símbolo de los fueros vascos.

monumento a los fueros vascos Guernica Chillida

Gure Aitaren Etxea. Eduardo Chillida. Guernica

Avanza el tiempo y de nuevo resuena lo profundo es el aire. La búsqueda esencial de Chillida se torna obsesiva y, entre sueños e intuiciones, en 1994 aterriza en Fuerteventura a la búsqueda del espacio telúrico que tanto anhelaba. Una montaña, Tindaya, el lugar sagrado para los aborígenes de la isla, el Uluru patrio, se convirtió en el objeto de deseo del antiguo futbolista de la Real. Chillida aspiraba a convertirse en un demiurgo cósmico perforando la tierra, violando sus entrañas, succionando su esencia mineral para construir un espacio perfecto de comunión entre el hombre y la naturaleza. Como él mismo afirmó “los hombre que penetrarán en su corazón (de Tindaya) verían la luz del Sol y de la Luna, dentro de una montaña volcada al mar y al horizonte, inalcanzable, necesario, inexistente…”  Todos los elementos de la naturaleza se conjugaban en un espacio dominaba por el vacio y la luz sometiendo el interior de la tierra. El proyecto generó una monumental polémica que dividió a la isla canaria entre acérrimos defensores y decididos detractores convencidos de que la obra de Chillida destruiría el patrimonio autóctono de la zona (natural y cultural) a la vez que extinguía la memoria sagrada del lugar. Todo ello unido al astronómico coste de ejecución hizo que el proyecto se paralizara con la consecuente  frustración del escultor, que a estas alturas de la vida se había transformado en un artista total.  El debate en torno a esta obra ciclópea arrastrará en su deriva las ilusiones del escultor, quien finalmente abogará por aparcar un proyecto que debía inspirar la tolerancia y la concordia entre los seres humanos. Fue su última gran idea ya que falleció el 17 de agosto de 2002.

Chillida comenzó en un campo de futbol de segunda división y acabó diseñando proyectos para construir el vacio en las profundidades de una montaña sagrada. Fue uno de los máximos protagonistas de la evolución escultórica durante la segunda mitad del siglo XX a la vez que resucitaba una artesana tradición centenaria. También se benefició de un sistema político ansioso por legitimarse y aparentar modernidad en una España que nunca dejó de ser de pandereta. Tindaya es el ejemplo, Chillida renunció a su sueño dado que su realización atentaría contra los mismos principios de la obra, pero sus promotores políticos no cejan de perseguirla proclamando su deseo de honrar a un artista universal, pero con la secreta intención de ensalzar su insolvencia como gobernantes. Mientras tanto, proyectos más modestos como el museo de Chillida-Leku, una pequeña institución gestionada por la familia del escultor, tuvo que cerrar por falta de financiación lo que ha supuesto una grave perdida dentro del panorama cultural vasco dada la importancia de algunas de las obras que exponía. Así estamos…

Cuando se profundiza en las miserias de lo cotidiano se agradece disponer de categorías como el vacio, lo profundo, el aire, en fin, el horizonte en donde Chillida siempre gustó de estar (aunque no pudiese jugar al fútbol).

proyecto monumento Chillida Tindaya Fuerteventura

Proyecto de monumento en la montaña de Tindaya. Eduardo Chillida. Fuerteventura

          Si te interesa prueba a leer algo de esto.

  1. Chillida, el arte y los sueños: Memoria de las filmaciones con mi padre. Susana Chillida. Universidad del País Vasco. 2004.
  2. Chillida 1948 – 1998. Centro Nacional de Arte Reina Sofía. 1998.
  3. El arte y el espacio. Martin Heidegger. Herder. 2009.
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