Entrevista de actualidad: Gaspar de Guzmán, Conde-Duque de Olivares


Retrato Conde Duque de Olivares a caballo Velazquez

Gaspar de Guzmán y Pimentel, conde-duque de Olivares. 1634. Valázquez. Museo del Prado. Madrid (¡Aquí mando yo!)

La mañana es fresca. Estamos en el mes de septiembre de 1644, mientras los vendimiadores recogen las purpureas uvas de la vega de Toro, don Gaspar de Guzmán y Pimentel, conde-duque de Olivares (Roma, 1587), nos recibe pensativo en su actual residencia, el Palacio de los Marqueses de Alcañices. Como testigo de nuestra conversación se extiende un austero cuarto presidido por un sobrio crucifijo bajo el cual se sitúa la cama en la que yace Olivares. Una suave brisa se filtra a través de los cortinajes de lino que se abren a los campos, refrescando una estancia impregnada por el olor de la postración. El gran válido del rey Felipe IV, por primera vez accede a hablar con la prensa, pese a los dolores de la gota y los rigores de la edad. Me dice que me acerque.

Tolstoi&Gin -.  Ante todo resulta obligado agradecer a Su Excelencia la deferencia que ha tenido al conceder esta entrevista en unos momentos complicados para usted.

Conde-Duque de Olivares -. No es necesario que me lo agradezca ya que las circunstancias me obligan a hacerlo pues no puedo permitir que se continúe desprestigiando constantemente mi honra y reputación, así como la de mi familia y Casa.

T&G -. Parece que quiere usted ir rápidamente a las cuestiones más graves, sin embargo antes me gustaría confirmar si es verdad que su biblioteca es de las mejores que hay en Castilla. ¿Podría hablarnos un poco sobre ella y sus intereses… digamos intelectuales?

C.D.O. -. Me encanta la lectura. De hecho considero que un buen hombre de Estado debe de ser ante todo un voraz lector que aprenda de los antiguos para mejorar a los modernos. En este sentido he procurado durante toda mi vida cultivar el intelecto y por esta razón invertí una gran cantidad de tiempo y recursos en reunir una biblioteca notable. Que sea la mejor o no, es una cuestión que no puedo conocer, pero estoy seguro de que ninguna es tan variada y rica como la que poseo. Lo que sí le puedo decir es que en 1620 contaba con 2.700 impresos y más de 1000 manuscritos y durante estos 24 años la he incrementado mucho por lo que no sé con exactitud su verdadera dimensión actual.

En cuanto a mis preferencias, sin duda debo confesar que me fascinan los manuscritos. Aunque tengo varios, o cierto es que verdaderamente valiosos no habrá ni una docena todos en lengua latina, aunque también poseo manuscritos griegos, judíos, castellanos, catalanes, portugueses, franceses, alemanes y toscanos. Los temas políticos e históricos son los que más me interesan dado que ambas disciplinas son necesarias para ejercer responsablemente altas obligaciones como las que yo atendí.

T&G -. ¿Se atreve a hacer alguna recomendación literaria?

C.D.O. -. Sin temor a equivocarme, le recomiendo encarecidamente que lea la Historia de la Guerra en el Peloponeso de Tucidides, sin duda la mejor obra de historia que jamás se ha escrito. Los Anales de Tácito también son otra buena opción si le interesa este género. De todas formas no quiero que piense que estoy obsesionado solamente con este tipo de lecturas, también me gusta leer sobre medicina, arquitectura, religión, etc.

T&G -.  A propósito de esto último, tengo entendido que dentro de su extensa biblioteca tiene un espacio reservado a obras protestantes, las cuales, como bien sabe, están dentro del Índice de Libros Prohibidos.

C.D.O. -. Sí, es cierto que adquirí obras que están prohibidas por el Santo Oficio pero están avaladas por una licencia que en 1624 el Inquisidor General me concedió al ser yo uno de los encargados de gestionar los negocios de Estado. Tengo obras de los herejes Melanchthon y Calvino y también las obras completas de Erasmo de Rotterdam quien a mi juicio, aunque pudiese equivocarse al plantear algunas cuestiones, fue uno de los mayores pensadores cristianos. Como ya le he dicho, considero un deber para el gobernante el dotarse de una amplia cultura y en este sentido resulta también necesario conocer al enemigo para derrotarlo y porque no decirlo, para mejorarse a sí mismo. No por haber leído a Calvino me convierto en calvinista, del mismo modo que tengo un Corán y no me torné moro.

T&G -. Una respuesta sorprendente. ¿No teme a la Inquisición? Según parece su colaborador, Jerónimo de Villanueva, protonotario de Aragón ha sido procesado ¿Quizás sea una advertencia contra usted?

C.D.O. -. Respecto a mi buen amigo don Jerónimo de Villanueva siempre me ha parecido una persona pía y laboriosa, aunque no voy a negar que en ocasiones resultara excéntrico y amigo de novedades. Confío en que el Santo Oficio reconozca estas virtudes y no proceda con severidad ante un buen cristiano y menos en un asunto como el del Convento de San Placido, el cual yo visité y no tuve más opción que bajar la mirada ante la santidad de sus monjas. Y en cuanto a mí, no creo que exista ningún motivo para que el Santo Oficio me pueda juzgar por atentar contra la religión pues mi vida ha sido ejemplar en este aspecto y si no ¿Por qué me opuse a apoyar los hugonotes en Francia? Si he sido hereje ¿cómo es que me opuse a la boda de la infanta María con el Príncipe de Gales?

T&G -. ¿Su mejor momento?

C.D.O. -. Después de años de servicio es complicado elegir solamente un instante, sobre todo cuando se toma consciencia de su insignificancia en relación con lo transcendente y lo divino. Aunque no sea el mejor momento, el más importante para mí fue cuando en 1624, el Rey, me ordenó que me cubriera la cabeza: con un gesto tan pequeño hacía Grande a una persona. Evidentemente me emocioné y sentí una gran satisfacción personal y una enorme gratitud hacia SM.

T&G -. ¿Cómo es que un Grande, como usted, consiguió enemistarse con toda la alta aristocracia de este reino? Una de sus prioridades parece que fue el alejamiento de los aristócratas con más abolengo de la Corte por lo tanto, no es ningún secreto que personalidades como el duque de Alba se alegraran mucho de su marcha.  

C.D.O. -. Sin lugar a dudas puedo decirle que soy una víctima de los odios y perfidias orquestadas por mis enemigos, pues algunas mentes maquiavélicas han conspirado contra mí desde el primer momento en el que comencé a servir a SM. Me gustaría proclamar bien alto que nunca se había arremetido de forma tan hostil contra tan fiel servidor de la Monarquía; los Grandes han logrado su pernicioso objetivo: sin honra me hallo, difamado por todo el mundo.

En cuanto a lo que comenta de si influí para alejar a otros grandes aristócratas debo decirle que es falso. Jamás sustraería al Rey de una cabeza válida para su servicio y el de la Corona. De hecho, ojala esta Monarquía hubiese dispuesto de un mayor número de mentes preclaras para combatir a sus pertinaces enemigos, pero, lamentablemente, la Grandeza, en el momento de la más acuciante necesidad, nunca estuvo a la altura de las circunstancias. En este sentido me gustaría recordar a don Fadrique de Toledo y su negativa a acudir a Brasil con el fin de expulsar a los holandeses que se habían establecido allí. Su cobardía y deslealtad, que fueron muchas, no eran en absoluto tolerables y consecuentemente actué como debía actuar: iniciando un proceso contra él, siempre contando con la aquiescencia de SM, por supuesto. Durante el tiempo que tuve el privilegio de gestionar los asuntos de la Monarquía, la vieja aristocracia siempre se escudó en escusas endebles para eludir sus obligaciones con respecto al Rey y al Reino. La Grandeza de estos lares siempre fue uno de los mayores obstáculos para la aplicación de mi proyecto de integración en la Corte y en los oficios de Castilla a miembros de la aristocracia de los otros reinos de S.M, una política que a mi juicio habría ahorrado múltiples problemas a esta Monarquía.

Respecto a su alejamiento del Rey, yo entiendo que ahora, tras mi salida de la Corte, aquellos Grandes quejicosos por haberles cercenado sus inicuas mercedes, regresarán a la proximidad de S.M, pero me gustaría plantear la cuestión de si lo que les guía es la vocación del servicio o el deseo de sustituirme al lado de SM.

Retrato del Conde-Duque de Olivares hecho por Velázquez Varez Fisa

1625 – Velázquez. Colección José Luis Varez-Fisa. Madrid (Sí, estoy forrado)

T&G -. Entonces, según usted ¿la verdadera causa de su caída fue la alta aristocracia y no sus continuados errores estratégicos? Permítame recordarle las nefastas consecuencias que la guerra en Italia ha tenido para la Corona, un conflicto en el que usted apostó con decisión.

C.D.O. -. Como ya le he dicho, estoy completamente convencido de que las malas lenguas de altos personajes maliciosos me han conducido a esta lastimosa situación. Obviamente, durante los años que aconseje al Rey cometí errores y equivocaciones pero siempre con la convicción de que era lo mejor para esta Monarquía y es algo que el Rey sabe, ya que siempre me esforcé porque se involucrara directamente en los negocios de Estado. Mantua fue un error, y lo reconozco, pero en su momento consideré que garantizar su control era fundamental para conservar el norte de Italia bajo la autoridad de S.M. De todas formas el problema que verdaderamente causó la ruina de tantos y tantos negocios (Flandes, la guerra de Alemania, Francia) fue la crónica falta de dinero que padecía la Real Hacienda.

T&G -. Hablemos entonces de dinero…

C.D.O. -. Como he dicho antes, la situación de la Hacienda era precaria, un estado que se había hecho crónico desde el reinado de S.M. don Felipe II, que Dios tenga en su Gloria. Durante los veintidós años que estuve al lado del Rey plantee numerosas reformas hacendísticas y financieras que en la mayoría de los casos fueron bloqueadas por las Cortes, es decir, por las ciudades o bien por la hostilidad de los Grandes. Puedo citar algunos ejemplos como la supresión de las mercedes a cuenta del patrimonio real, la adopción de medidas de austeridad en la Corte o la reducción de los oficios municipales. Sin embargo, el más importante de los proyectos de reforma, el que propuso la Junta Grande en 1624, era el que debía de abolir los Millones, un impuesto que hacia especial daño a los pobres pecheros castellanos y que en cifras netas repercutía escasamente sobre la Hacienda Real, dada la enorme corrupción que había en la recaudación. Este buen proyecto que debía aliviar a los pecheros y enriquecer al Rey se tuvo que desahuciar dada la animadversión de algunos procuradores, como Lisón de Biedma, obcecados con el mantenimiento de sus intereses oligárquicos.

Otra medida capital para estos reinos, la Unión de Armas, también fue saboteada por la mayoría de la Monarquía, pero de haber tenido éxito se habría podido mantener en Castilla un ejército de 30.000 hombres en armas que serían mantenidos con la única aportación de dos reales anuales por pechero.

T&G -. Pero la supresión del servicio de Millones debía implicar la adopción de un sistema de erarios que según su propuesta original, tenían que constituirse con la aportación forzosa del 5% de los bienes de todos los súbditos, una riqueza que luego sería devuelta con intereses. Este proyecto por lo tanto se basaba en la confianza; pero señor Conde-Duque, ¿no había perdido la Corona gran parte de su credibilidad con motivo de la rebaja del interés a pagar en los juros o con la sustracción de la plata de los comerciantes sevillanos con motivo de la frecuente falta de liquidez que la afectaba?

C.D.O. -. Esas sustracciones, compensadas con moneda de vellón, se hicieron en ocasiones muy puntuales y siempre en momentos de extremada necesidad. Puedo comprender que estas acciones repercutiesen en la confianza de algunos de estos comerciantes hacia las intenciones de la Corona; pero también entiendo que la necesidad y la salud de todos los súbditos es la suprema ley, siendo el Rey el único capacitado para lograrlo pues su poder es superior tanto a las leyes como al de las Cortes, un principio que, por si mismo, justifica la adopción de nuevos impuestos en casos de necesidad quedando sus súbditos obligados a pagarlos. La desobediencia de muchos de ellos a cumplir con sus obligaciones con el Rey ha supuesto la causa de muchos de los males que afectan a esta Monarquía.

T&G -. Antes ha aludido a la aplicación de una política de austeridad en la Corte como una medida auspiciada por usted. Eso es cierto, sin embargo los artículos referidos a la disminución del gasto cortesano de 1623, fueron rápidamente anulados y obviados con motivo de la visita de Carlos I, el entonces Príncipe de Gales, a Madrid ¿Por qué no se recuperaron posteriormente esos objetivos de austeridad? ¿Cuál fue la razón de que se incrementase el gasto cortesano, por ejemplo con la construcción del Palacio del Buen Retiro, en momentos de gran dificultad financiera?

C.D.O. -. La inesperada llegada del príncipe Carlos y del duque de Buckingham a Madrid provocó una autentico revuelo en la Corte pues la imagen de la Monarquía Hispánica debía refulgir como nunca lo había hecho para obnubilar a nuestros insignes visitantes. La suspensión temporal de los artículos era necesaria y aunque posteriormente no se volvieron a recuperar si que se llevó a cabo la eliminación de algunos gastos de Corte. Para ahorrar en mercedes se optó por conceder hábitos de Órdenes Militares que son un gran honor y no repercuten como un gasto para la Hacienda Real. También se proveyeron cargos  honorarios que no repercutían en los recursos de la Corona.

En cuanto al Buen Retiro, es un palacio que debe representar la magnificencia del Rey, un templo real nuevo que ha de ser sintomático de una nueva grandeza, aun mayor que la que se vivió en épocas pasadas. S.M. debe de disponer de varios palacios y por lo tanto su construcción no estaba injustificada; además durante el tiempo que duraron las tareas numerosos obreros pudieron recibir un buen jornal con el que sustentarse.

T&G -. La Unión de Armas, el estanco de la sal, los deseos de eliminar fueros, el gobierno a través de juntas… ¿Se considera usted un personaje autoritario?

C.D.O. -. Cuando se sirve a un gran señor es necesario responder a los problemas con decisión y sin temor a las críticas que evidentemente se recibirán. Sí, me han llamado autoritario y probablemente lo fui pero siempre para tratar de imponer la indiscutible autoridad del Rey a la vez que trataba de purgar los males que afectaban y continúan afectando a la Monarquía. El gobierno por el sistema de juntas no es capricho mío, ya fue utilizado intensivamente en tiempos SM, don Felipe III, pero le debo de decir que es una forma mucho más eficaz de gobierno que el sistema de consejos, ya que los asuntos se tramitan con infinita rapidez a diferencia de lo que sucede con éstos.

También se me acusó de autoritarismo por la aplicación de la Unión de Armas, pero es que sin este proyecto la Monarquía perderá irremisiblemente la hegemonía que con tanto esfuerzo se logró imponer en Europa. La Unión de Armas era necesaria porque en esta Monarquía sólo Castilla contribuía con generosidad ofreciendo siempre el máximo de sus posibilidades, mientras que los demás reinos se mostraban poco colaboradores hacia la política real. El resultado es bien visible ahora, con todas esas sublevaciones (Portugal y Cataluña) que lo único que hacen es erosionar el prestigio y la autoridad de SM.

En cuanto al estanco de la sal, simplemente constituía un medio para suprimir los gravosos Millones a la vez que se aumentaban los ingresos de la Hacienda Real. En todo momento desde que llegué al gobierno pugné contra todos por mejorar la situación financiera de la Monarquía y aliviar la carga de los míseros pecheros, cada vez más oprimidos por las cargas fiscales. Si el tratar de reconducir una moneda descontrolada, mediante su devaluación es autoritarismo, sí, fui autoritario, pero déjeme decirle que un autoritario al que no dejaron autoridad pues desde el Consejo de Hacienda siempre se buscaron atajos fáciles que impidiesen la necesaria devaluación y cuando finalmente la aceptaron se quedó en un insuficiente 50%.  El resultado ahora es evidente, y usted y los lectores podrán comprobar cómo escasea la buena plata en este reino.

 T&G -. ¿Ese autoritarismo del que hace gala puede que esté relacionado con las sublevaciones de Portugal y Cataluña?

C.D.O. -. No lo creo ya que actué de la única forma posible que garantizase la reputación de la Monarquía. Respecto a los sucesos de Portugal, la culpa de la insurrección del duque de Braganza fue simple y llanamente del abuelo de Su Majestad, el gran Felipe II, ya que hallándose en Lisboa con un ejército poderoso debió haber traído a Castilla al duque de Braganza, ya que un varón de tan alto linaje y con pretensiones de rey nunca se debió mantener en una cabeza de reino. Además también se debería haber nombrado a portugueses en la administración castellana y viceversa y, como no, haber eliminado los puertos secos entre Castilla y Portugal porque es más importante la conservación de la Monarquía que doscientos mil ducados al año.

En cuanto a la rebelión de los catalanes, procuré sofocarla rápidamente con el envío de un formidable ejército, reunido con gran esfuerzo, mandado por el marqués de los Vélez, quien demostraría en poco tiempo su poca pericia militar al fracasar en el asedio de Barcelona y al ser humillado en Lérida. Yo no tuve mando militar sobre aquellos ejércitos, pero si tuve la responsabilidad de movilizar todos los recursos posibles para evitar los daños que podría provocar una guerra similar a la de Flandes. La alianza de los catalanes con los franceses sólo buscó humillar a S.M. y si persiste esta situación quizá, Cataluña, se transforme en una república libre y pro francesa, con gran daño para los estados de Su Majestad.

T&G -. ¿Qué opina de esto? No he de callar por más que con el dedo/ya tocando la boca o ya la frente/silencio avises o amenaces miedo. ¿No ha de haber un espíritu valiente?/¿Siempre se ha de sentir lo que se dice?/¿Nunca se ha de decir lo que se siente?… (Interrumpe)

C.D.O. -. Sí conozco la obra y al autor.

T&G -. ¿Cómo es su relación con Quevedo? En la carta que le estaba leyendo le llama abiertamente tirano…

C.D.O. -. Don Francisco es un poeta excepcional que, sin embargo, siempre fue detrás del vil dinero. Parece que mis enemigos lograron engatusarlo y tornarlo en contra mía, lo cual me provocó un dolor inmenso ya que lo consideraba un sincero amigo y consejero. Lo de la servilleta del Rey fue intolerable y cumpliendo con mis obligaciones tuve que proceder contra él de tal forma que no perturbase a la persona de SM, la cual está sometida a innumerables azotes.

T&G -. Evidentemente no toleró crítica alguna ya que Quevedo acabó encarcelado en León.

C.D.O. -. No había motivo para ellas.

T&G -. Alguno habría, nadie es perfecto. De todas formas pese a los problemas que ha tenido con Quevedo, usted siempre procuró rodearse de poetas y artistas ¿Cuál es el que más le ha impresionado?

C.D.O. -. Me gusta estar rodeado de personas brillantes y desde luego que Quevedo lo es, aunque mudase tanto con el tiempo. También he conocido a otros grandes escritores como Lope de Vega o Cervantes, aunque si le digo la verdad no terminan de satisfacerme enteramente sus obras, de hecho no leído esa obra suya tan conocida que trata sobre un caballero manchego. Admiro sinceramente por ejemplo a Francisco de Rioja, un literato excepcional que me ha servido fielmente como bibliotecario. En cuanto a las artes tuve el gusto de conocer al gran Rubens durante su visita a Madrid, pero creo que me quedo con el genio de Diego Velázquez… sus obras parecen de otro mundo, diría que es el Apeles castellano. ¡Además los retratos que me hizo son soberbios!

T&G -. Para concluir me gustaría saber que espera del futuro.

C.D.O. -. Estoy enfermo y es muy posible que muera pronto. Aunque he sido un hombre poderoso y altivo también he sido extremadamente ajeno a la felicidad y con frecuencia me alejé de Dios ¡Vanidad! Ahora sólo espero que tenga misericordia y me permita reunirme con mi querida hija. La melancolía y la tristeza han sido mis mayores compañeras durante mi vida y por ello, ahora, no me dejó conquistar por temores y llantos vanos, acepto mi destino y lo espero con sosiego y entereza, porque si no, no podría honrar mi paso por este mundo.

Retrato Conde Duque de Olivares Velazquez el Hermitage

1638 – Valázquez. Museo del Hermitage. San Petesburgo (luciendo flequillito borroka)

Gaspar de Guzmán y Pimentel falleció unos meses después, el 22 de julio de 1645 en la villa de Toro. Posteriormente sus restos fueron trasladados al convento de Loeches (Madrid) en donde se encuentran actualmente. 

                   Para saber un poco más:

  1. El Conde-Duque de Olivares. El político en una época de decadencia. John H. Elliott, Crítica, 2004.
  2. Richelieu y Olivares. John H. Elliott, Critica, 2002.
  3. El Conde-Duque de Olivares. La pasión de mandar. Gregorio Marañón, Espasa-Calpe, 2006.

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