Twitter antes de Twitter. Aforismos del siglo XX


El filósofo Friedrich Nietzsche

Mostacho con Nietzsche como invitado.

Soy un ceporro para las matemáticas. Esto resulta un hecho objetivo tal y como mis calificaciones demostraron a mis padres durante toda mi trayectoria estudiantil. El diablo de los números que Hans Magnus Enzensberger (1929) imaginó para endulzar los quebrados y derivadas, posiblemente hubiese sido uno de mis peores enemigos ya en el cielo como en la tierra. Esta carencia de inteligencia lógico-matemática siempre constituyó una gran vergüenza que trataba de equilibrar con una vacua verborrea que no conducía a demasiado pero que me hacia feliz al compensar con creces mis taras en raíces cuadradas y divisiones sin calculadora. Sin embargo este orgullo se ha ido disipando progresivamente gracias a las virtudes de la madurez (que quita muchas tontunas) y, últimamente, a los estragos intelectuales que Twitter me ha provocado. No soy amigo de las redes sociales, algún día comentaré mis opiniones al respecto, pero Twitter me fascinó ya que daba la oportunidad de interactuar con personajes que están muy alejados de los tradicionales círculos de sociabilidad del ciudadano medio. También me pareció una formidable red para informar e intercambiar datos, dada su inmediatez y casi universalidad. Sin embargo lo que más me sorprendió fue la capacidad de algunos tuiteros para plantear cuestiones tremendamente inteligentes y/o divertidas a través de los conocidos 140 caracteres. Pero la realidad es que la mayoría de personas que estamos en esta red social tenemos la misma capacidad para lanzar soflamas inspiradoras que un saco de almortas. Confieso que soy incapaz de escribir un tuit que juzgue brillante, por esa cobardía no lo hago, lo cual me diferencia de millones de personas que sí que se animan a publicar lo primero que se les ocurre al ciberespacio. Desconozco si mi incapacidad para tuitear se debe a que doy muchas vueltas a las cosas y no puedo sintetizar en unos pocos caracteres o porque soy tonto de remate. El caso es que ya no siento tanto orgullo por mi añorado palabrerío.

Estos millones de personas constituyen el mejor ejemplo de lo escueto que se está haciendo el lenguaje y la llaneza en las formas de articularlo. Además  diariamente observo que los canales de comunicación tradicionales han adoptado la simplicidad y la sencillez como insignia en pos de audiencias que progresivamente se han perdido por la inacción de lo que podríamos llamar el diablo de las palabras. Vivimos peligrosamente y con pocas palabras. Confieso que es terriblemente complicado ser un saetero del verbo pero la verdad es que se debe ser combativo contra el empobrecimiento intelectual al que el léxico básico nos está conduciendo, con honradas excepciones, por supuesto. En este sentido el vigilante de la playa que nos puede ayudar a salir de esta deriva semántica es el aforismo y por esta razón traigo aquí una pequeña selección de literatura aforística del siglo XX.

Pero lo primero es lo primero. Un aforismo, término procedente del griego antiguo, es una sentencia breve y doctrinal que se presenta como norma en contextos diversos, esto viene a ser la definición que ofrece la RAE, sin embargo aunque es clara y concisa es insuficiente. Un aforismo es una sorpresa, un lúcido o caustico encuentro con la humanidad que no deja indiferente y que en ocasiones transforma a un individuo. Es una flecha en medio del corazón y un electroshock intelectual. A veces simplemente son un recuerdo de un buen consejo. Y también una herencia que transmitir. Un libro de aforismos es un reino recóndito con sus milagros y sus pesadillas, pero todos humanos, demasiado humanos y esta alusión no es baladí pues Friedrich Nietzsche (1844 – 1900) posiblemente sea uno de los mejores aforistas de la Historia y como ejemplo esto:

“Cuando combatas monstruos cuídate muy bien de no convertirte
en un monstruo en el proceso. Cuando miras largo tiempo un abismo el abismo acaba mirando dentro de ti”

(Más allá del bien y del mal)

Sin embargo esta entrada quiero consagrarla fundamentalmente a algunos de los grandes aforistas del siglo XX, comenzando por Ludwig von Wittgenstein (1889 – 1951), icono sagrado de la filosofía contemporánea. Filosofo oscuro donde los haya, su influencia ha sido determinante para configurar lo que algunos llaman posmodernidad y su seres humanos llenos de límites y paradojas. Wittgenstein en su Tractatus Logicus-Philosophicus (siempre me ha parecido excesivamente pedante, en pleno siglo XX, poner un título en latín a una obra escrita en alemán) concluye que el verdadero límite ontológico del hombre se encuentra en el lenguaje, o tomando la célebre frase inicial de la obra Todo lo que puede ser expresado en absoluto puede ser expresado claramente, y sobre aquello que no puede ser expresado debemos guardar silencio.

Los aforismos de Wittgenstein, en contraste con sus ensayos, son de lectura ágil ya que el estilo es sencillo, directo, mordaz, irónico y en muchos casos terriblemente actuales. En sus aforismos volcó algunas de sus preocupaciones más profundas y muchos de sus dilemas existenciales y filosóficos se expresaron a través de estas pequeñas gemas literarias. Estas consideraciones no son fútiles ya que la personalidad de Wittgenstein se vio marcada por el trauma de la I Guerra Mundial y el antisemitismo:

“Revolucionario será aquel que logre revolucionarse a si mismo”

(Aforismos sobre cultura y valor)

El filósofo Ludwig von Wittgenstein

Wittgenstein con pared hecha un Cristo como fondo

Verdaderamente merece la pena asomarse a la selva aforística de Wittgenstein ya sea para iniciar una aproximación a su críptica filosofía como para comprenderla con mucha mayor amplitud. No en vano, el propio autor consideraba que su insondable Tractatus no debía ser un medio para lograr el fin de la comprensión (la conocida metáfora de la escalera de Wittgenstein) y estas perlas constituyen brutos de sabiduría que ensanchan perspectivas:

“La vida es el mundo”

(Diario filosófico)

En cuanto a Franz Kafka (1883 – 1924) sobran un tanto las presentaciones. Dentro de su obra inmortal existe un libro para muchos considerado menor, pero que a todas luces representa lo mejor del pensamiento kafkiano en dosis tamaño tuit. Su título: Aforismos de Zürau y su valor es inversamente proporcional a su tamaño. Esta obra re-compilada por uno de los mejores exegetas de Kafka, Roberto Calasso (1941), representa una de las cúspides del aforismo del siglo XX. Como toda la obra del escritor bohemio, sus interpretaciones pueden ser variadas y abordar multitud de extremos, desde el ateísmo al enigma espiritual, desde la alienación a la salvación, de la autodestrucción a la vida; el lenguaje es pétreo y árido pero no por ello deja de ser accesible. La tela de araña que Kafka teje en sus novelas se atenúa, pero lo cierto es que las sensaciones kafkianas de incomodo y soledad permanecen integras en estas piezas e incluso en ocasiones se magnifican.

“Su desfallecimiento es el de un gladiador tras el combate, su trabajo fue el blanquear un ángulo en el despacho de un funcionario”

(Aforismos de Zürau)

El escritor de Praga Franz Kafka

Kafka vestido de domigo

No puede existir un mejor resumen de El Castillo y las tribulaciones del anónimo K. ante el leviatán administrativo. Sin embargo Kafka ofrece salidas para solventar las penurias del hombre moderno, como indica en este otro aforismo:

“En teoría existe una posibilidad perfecta de felicidad: creer en lo indestructible dentro de uno mismo y no aspirar a ello”

(Aforismos de Zürau)

Lo cierto es que pensándolo bien no sé si esta fórmula representa una salvación o certifica el fracaso de toda una civilización. Y es que para él sus obras representaban indagaciones sobre lo anónimo, la alienación, la supresión del individuo y en definitiva del absurdo existencial más crudo.  Estos aforismos materializan una de las cimas intelectuales de la centuria pasada y son objeto de especial atención en una de las obras sobre el autor de La Metamorfosis más recientes y reveladoras, Kafka, de Pietro Citati (1930), la cual recomiendo encarecidamente. Por cierto, Zürau es el nombre de la aldea bohemia en la que vivía Ottla, la hermana de Franz, y fue en este lugar donde Kafka se retiró para tratar de mejorar su maltrecha salud afectada por la tuberculosis.

Posemos ahora la mirada en un poco conocido escritor polaco nacido, como los dos anteriores, bajo la égida de los Habsburgo, Stanisław Jerzy Lec (1909 – 1966) (como no sé poner la l rara del polaco pues he hecho un antológico copy-paste internetesco).

El escritor polaco Jerzy Lec

Jerzy Lec con televisor en blanco y negro

A diferencia de Wittgenstein y Kafka, este noble polaco cultivó profusamente el género aforístico, dedicando la mayor parte de su obra literaria al mismo. De haber existido el Twitter en su época seguramente se hubiese convertido en un adicto al teclado y aunque sea conjetura barata, a comer delante del ordenador o con el móvil en la mano. Aunque también fue poeta y escritor de ensayos, Jerzy Lec primó el aforismo como medio para plasmar sus principales inquietudes, muy influidas por el contexto político de la postguerra en una Polonia arrasada por la ocupación nazi, la guerra y la posterior implantación del socialismo real. Jerzy Lec, judío de Galitzia, fue internado en un campo de concentración por los alemanes, una experiencia traumática de la que logró huir en 1943 disfrazado de soldado para acabar uniéndose a los partisanos polacos que combatían, con escasos medio, al invasor germano. Tras la guerra y el advenimiento del comunismo, decidió huir a Viena y desde allí hacia el nuevo estado de Israel en donde se estableció dos años con su familia. No obstante Jerzy Lec que había acumulado un notable prestigio como escritor, decidió regresar a su país natal en 1951 en donde tuvo que afrontar numerosas dificultades para publicar sus libros ya que las autoridades decidieron castigar su deserción con la prohibición de sus textos, una medida revocada a finales de los 50’s. Es en este momento cuando comienzan a aparecer sentencias como esta:

“Ojala tuviera tantos oyentes como escuchas”

(Pensamientos despeinados)

No cuesta imaginarse al bueno de Stanisław escribiendo esto mientras un señor de la Służba Bezpieczeństwa (policía secreta polaca durante la dictadura comunista) con la cara del fallecido Ulrich Mühe (1953 – 2007) (La vida de los otros) toma notas sobre posibles actividades contrarrevolucionarias.

Los aforismos de Jerzy Lec son incontables y si algo se debe de destacar de ellos es su particular sentido del humor plagado de referencias sarcásticas y mordaces contra las élites dirigentes y su programa represivo.

“Estoy a favor de la tiranía: se debe obligar a pensar”

(Pensamientos despeinados)

O su magnífico

“Cada cual debe ser su propio ministro de asuntos interiores”

 (Pensamientos despeinados)

Este particular sentido del humor combinado con una sagaz inteligencia salvó a Jerzy Lec de muchas penalidades.

Finalmente llegamos a la última etapa de este recorrido por potenciales tuiteros nativos del siglo XX, con… sorpresa, un escritor que no fue súbdito de Francisco José I (1830 – 1916) en ningún momento de su vida y para mayor regocijo con el castellano como lengua madre: José Bergamín (1895 – 1983). Y es que de todos los grandes personajes aquí comentados, posiblemente sea este el que más humor volcó en sus obras. Un poco mayor que los integrantes de la Generación del 27, Bergamín tuvo una vida marcada por el compromiso político militante (durante la Guerra Civil presidió la Alianza de Intelectuales Antifascistas) y posteriormente por el exilio tras la victoria de Francisco Franco (1892 – 1975) en 1939.

Retrato del escritor español José Bergamín

Bergamín con el cuello puesto hacia arriba porque hace freso

“Dos son siempre tres: tu, yo y nosotros”

(El cohete y la estrella)

Resulta verdaderamente significativo que su primer libro publicado, El cohete y la estrella (1923) y el último, Aforismos de la cabeza parlante (1983), el cual se editó de forma póstuma, se consagraron a este género tan querido por el escritor madrileño y que en gran medida lo definió como persona.

“El aforismo no es breve, es inconmensurable”

(La cabeza a pájaros)

La verdad es que no sé muy bien quien de estos escritores hubiese logrado tener más seguidores en Twitter, lo que sí puedo asegurar es que yo los seguiría a todos, aunque tendría mis reservas hacia Wittgenstein ya que me haría sentir soberanamente tonto al no comprender el 95% de sus tuits. Para compensarlo me haría seguidor del nuestro (de momento) último premio Nobel de Literatura, don Camilo José Cela (1916 – 2002): No es lo mismo estar dormido que estar durmiendo, cono no es lo mismo estar jodido que estar jodiendo (réplica en el Senado a Lluís María Xirinacs). ¡Ahí queda eso!

          Si te ha gustado aquí hay mucho más:

  1. Aforismos. Cultura y valor. Ludwig von Wittgenstein, Espasa, 2000.
  2. Aforismos de Zürau, Franz Kafka, Sexto Piso, 2006.
  3. Kafka. Pietro Citati, Acantilado, 2012.
  4. Pensamientos despeinados. Stanisław Jerzy Lec, Península, 1997.
  5. Poesias completas. José Bergamín, Pre-Textos, 2009.
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